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domingo, 4 de diciembre de 2011

10 estrategias de Manipulación


El lingüista, filósofo y activista estadounidense Noam Chomsky elaboró la lista de las “10 Estrategias de Manipulación” a través de los medios


1. La estrategia de la distracción
El elemento primordial del control social es la estrategia de la  distracción que consiste en desviar la atención del público de los  problemas importantes y de los cambios decididos por las élites  políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de  continuas distracciones y de informaciones insignificantes.
La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para  impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el  área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la  cibernética. “Mantener la Atención del público distraída, lejos de los  verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real.  Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para  pensar; de vuelta a granja como los otros animales (ver “Armas silenciosas para guerras tranquilas”)
“El terror se basa en la incomunicación y el aislamiento ” (Rodolfo Walsh)

2. Crear problemas y después ofrecer soluciones
Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea  un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el  público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea  hacer aceptar. Por ejemplo: Dejar que se desenvuelva o se intensifique  la violencia urbana (Delincuencia), u organizar atentados sangrientos, a  fin de que el público sea el demandante de, estrictas, políticas y  leyes de seguridad en perjuicio de su propia libertad. O también: crear  una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el  retroceso de los derechos sociales, privatizaciones y el  desmantelamiento de los servicios públicos.

3. La estrategia de la gradualidad
Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla  gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos (Como se viene  haciendo con ciertas privatizaciones). Es de esa manera que condiciones  socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas  durante las décadas de 1980 y 1990: Estado de bienestar mínimo,  privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios  que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran  provocado una revolución si se hubiesen aplicado de una sola vez.

4. La estrategia de diferir
Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de  presentarla como “dolorosa, pero necesaria” (Como la actual reforma a la  edad de las pensiones del Gobierno y la oposición española), obteniendo  la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es  más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato.  Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque  el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente  que “después de esto todo irá a mejor y el sacrificio podrá ser  evitado”. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del  cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.

5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad o enfermos mentales
La mayoría de la publicidad televisiva dirigida al gran público  utiliza discurso, argumentos, personajes y una entonación  particularmente infantil, muchas veces próximos a la debilidad, como si  el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental.  Cuanto más grande sea el engaño al espectador, más se tiende a adoptar  un tono infantil. ¿Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella  tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la  sugestionabilidad, ella tenderá a una respuesta o reacción también  desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o  menos años de edad” (ver “Armas silenciosas para guerras tranquilas”).

6. Utilizar el aspecto emocional más que reflexivo
Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar  Shock, una suerte de corto circuito en el análisis racional, y  finalmente al sentido crítico de los individuos. (Ejemplo mostrar una y  otra vez a víctimas de un desastre, un atentado o de una crisis  económica, para utilizarlas como justificante y así llevar a cabo  “Decisiones impopulares, pero necesarias”)  Por otra parte, la  utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al  inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores,  compulsiones, o inducir comportamientos…
“El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los  pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Nada grande se puede hacer  con la tristeza” (Arturo Jauretche)

7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad
Hacer que el público sea incapaz de comprender las técnicas que  influyen directamente en él  y los métodos utilizados para su control y  esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales  inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible con el acceso a la  menor cantidad de información verdadera, de forma que la distancia de la  ignorancia que se planea entre las clases inferiores y superiores  parezca, sea y permanezca inalcanzable para las inferiores”
“La mayoría de los profesores enseñan hechos, los buenos profesores  enseñan ideas y los grandes profesores enseñan cómo pensar” (Jonathan  Pool)
“La ignorancia es el peor enemigo de la civilización, y la ignorancia  suele ser, en sus efectos, tan malvada como la propia maldad” (Eugenio  María de Hostos)

8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad
Promover al público a creer que es “La moda” ser simple, estúpido,  vulgar e inculto. Instando a tratar como a “Bicho raro” a quien piensa  más de la cuenta. ¿Irónico no?

9. Reforzar la auto-culpabilidad
Hacer creer, al individuo, que él es el único culpable de su propia  desgracia, por causa de su poca inteligencia, mínimas capacidades, o de  su insuficiente esfuerzo. Así, en lugar de rebelarse en contra del  injusto sistema económico en el que vive, el individuo se auto-desvalida  y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es  la inhibición de su acción.

10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen.
En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la  ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del  público y aquellos poseídas y utilizados por las élites dominantes.  Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el  “Sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano,  tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido  conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto  significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control  mayor y un gran poder de manipulación y utilización de los individuos,  mayor que el de los individuos sobre sí mismos.




lunes, 17 de mayo de 2010

La Reforma Laboral y la Competitividad Esquiva

04-mayo-2010

En su obra "Introducción al Derecho Penal", Francisco Muñoz Conde hace un muy buen análisis del propósito de las normas legales, afirma:

"Llamo norma a toda regulación de conductas humanas en relación a la convivencia. La norma tiene por base la conducta humana que pretende regular y su misión es la de posibilitar la convivencia entre las distintas personas que componen la sociedad".

Bien expone que las personas no podemos vivir aisladas en nosotros mismos y para alcanzar nuestros objetivos necesitamos de la sociedad. Sin embargo, la convivencia social está lejos de ser armoniosa, esto es debido al egoísmo propio del ser humano y a la lucha de intereses que nos pone en conflicto.

Continúa, "...para regular la convivencia entre las personas, se establecen normas vinculantes que deben ser respetadas por esas personas en tanto son miembros de la comunidad. El acatamiento de esas normas es una condición indispensable para la convivencia. Frente al principio de placer, que impulsa a la persona a satisfacer por encima de todos sus instintos, existe el principio de la realidad,...".

Generalmente, en sociedades con alta diferencias sociales, como tenemos en Latinoamérica, el interés personal por alcanzar un mejor "nivel" de vida, o por no perderlo, lleva a las personas a violar consistentemente las normas que regulan la convivencia y esta cultura de la posesión material parece volver imposible crear la cantidad suficiente de leyes que rijan una convivencia social sana.

Como solución a la frustración que provoca la violación a las normas, existe la "pena", que en el ideal de un sistema de justicia virtuoso, quien viola una norma es "penado" con una sanción consecuente.

"En algún momento histórico se hizo necesario un grado de organización y regulación de conductas humanas más preciso y vigoroso. Nace así, secundariamente, la norma jurídica que a través de la sanción jurídica se propone, mediante un determinado plan, dirigir, desarrollar o modificar el orden social. El Conjunto de estas normas jurídicas constituye el orden jurídico".

Es importante tener en cuenta para lo que sigue del análisis, que este momento histórico al que se refiere el autor, se dio en sociedades con índices de desarrollo humano altamente precarios y con profusas diferencias de posición económica.

"Tanto el orden social como el jurídico se presentan como un medio de represión del individuo, justificado sólo en tanto sea un medio necesario para posibilitar la convivencia".

Desde el punto de vista que la rectoría del principio del placer cuarta el egoísmo natural humano, sí podemos llamar represor a los sistemas de control social como el derecho.

Más sin embargo, sociedades con índices de desarrollo humano superiores al nuestro han encontrado en la legislación un motor de mejora continua, y no un sistema represor.

Por supuesto que ciertas conductas humanas deben ser reprimidas, como la tendencia a quitarle la vida o la propiedad al prójimo y creo estar en lo correcto cuando digo que nuestros sistemas legales no sólo son represores de conductas reprobables, sino que también son inhibidores del desarrollo humano.

Durante décadas las leyes creadas en nuestra región han detenido el desarrollo, fomentando las diferencias sociales que han crecido a puntos de volver insostenible la convivencia social.

Cuando lo que se esperaba en el siglo XX, como lo hicieron muchos países, era un incremento en las leyes que propiciaran el crecimiento humano, lo que se obtuvo a cambio en nuestra región fueron algunas leyes, impulsadas más por las presiones externas que por convicción humana, que hicieron un poco más pasadera y sostenible durante algunas décadas un sistema social propiciador de la riqueza acumulada en unos pocos, con millones de personas que apenas les alcanza para comer.

Cada vez que elegimos gobernantes y cada vez que estos se sientan a discutir nuevas reformas, estamos ante la oportunidad del cambio hacia un tipo de sistema legal del que hablo, catalizador del desarrollo.

La nueva reforma laboral propuesta en México, puede ser esa oportunidad. Apenas hace unos días encontré el documento completo, de 130 páginas y he comenzado a leerlo; cuando termine con ella les daré mi opinión.

Mientras tanto, en principio, los ejes que parecen motivarla vislumbran intencionalidad hacia el desarrollo sostenido.

Pero, lamentablemente siempre hay peros, he escuchado en reiteradas ocasiones a empresarios decir que México necesita "flexibilizar" sus leyes laborales para darle competitividad al país.

Esto es como mínimo un error de concepto económico, la flexibilización laboral per se de ninguna manera trae como consecuencia inmediata la competitividad, lo que hace es abaratar los costos. Son dos cosas completamente diferentes.

Leyes laborales más "flexibles" permitirían dos cosas, hacer más barato el costo de producir (servicios o bienes) y obtener mayores ganancias a los inversores.

En principio, ninguna de las dos cosas está mal si es acompañada por la reinversión de las ganancias en el desarrollo de la competencia de la mano de obra.

El problema es que se sigue pensando como en la revolución industrial, cuando ya estamos en una era de conocimiento, donde la competitividad económica no la dan los costos más baratos, sino la eficiencia con la que se realiza un trabajo y la innovación traducida en tecnología o servicios aplicados

Me pregunto si los empresarios que han declarado la necesidad de flexibilización en pos de competitividad han perdido los conocimientos básicos de economía y gestión moderna, o tal vez siguen pretendiendo que a través de altas rentabilidades se cubra la falta de eficiencia y eficacia de sus organizaciones para sostener el negocio.

¿Qué es más fácil, reducir costos o aumentar la eficiencia?, la respuesta es sin lugar a discusión la primera.

Pero, ¿qué es sostenible a largo plazo y que nos volverá un país competitivo, reducir costos o aumentar la productividad? La respuesta también es obvia.

Países lejanamente más competitivos que las tres principales economías latinoamericanas juntas, tienen leyes laborales mucho menos flexibles que las nuestras. Pero también son sociedades que han sabido, a través de su legislación, propiciar el desarrollo humano y por supuesto el profesional.

Claro que no podemos perder de vista el papel fundamental que quienes estamos en el sector productivo jugamos. Nuestro desarrollo es responsabilidad propia, ser eficientes y productivos también lo es.

Hay cosas que el empresariado regional a nivel de gestión debe cambiar, pero también todos a nivel cultural debemos hacerlo, buscando el desarrollo como motor de crecimiento económico propio.

Dejar de buscar el bien material como objetivo y que éste sólo sea una consecuencia del mismo desarrollo profesional.

Perder el anhelo por alcanzar altas posiciones sociales e incrementar el deseo por alcanzar grandes niveles de desarrollo.

Hacer conciencia que la única forma de que las leyes sirvan como regulador eficaz de la convivencia es respetándola y eligiendo a gobernantes en toda la región que tengan visión a largo plazo y no que se centren en resolver solamente los problemas inmediatos a través de "dadivas" enmascaradas en subsidios a la holgazanería en pos de la popularidad.

Disminuir las regulaciones laborales es sólo una parte muy simple en la fórmula de la competitividad económica de un país.

Si sólo nos concentramos en esto no tendremos un país más competitivo sino un país más barato.

Y cualquier empresario que sepa serlo, es consciente que siempre habrá alguien capaz de ofrecer mejores precios.

¿Qué opinas al respecto? ¿Qué se necesita para aumentar la competitividad desde tu punto de vista? La visión sindicalista puede ser un problema en la competitividad, pero ¿qué con la improductividad de los que no están sindicalizados?

* * **

1. Muñoz Conde, Francisco. Introducción al Derecho Penal - 2da Edición. Introducción al Derecho Penal - 2da Edición. Barcelona, Montevideo, Buenos Aires.: B de F Ltda; Julio César Faira, 2001, págs. 40-42.

sábado, 13 de marzo de 2010

Una mujer..

En una clase aburrida de la carrera, me dejaron de tarea escribir este breve y pobre ensayo, pero como más o menos me agradó(me gustaría pero no soy un buen poeta), lo comparto aquí con la banda, aunque puede que sea una total marihuanada (como acostumbroj eje).


¿Qué es una mujer?


Hablamos de romper paradigmas, pero seguimos viendo con paternalismo a la mujer, no con equidad. Esto puede ser muy cómodo, sobre todo para algunas de ellas; apelamos a los principios de caballerosidad y “buenas costumbres” -cederle a las damas, por el hecho de ser “damas” el asiento, no hablar palabras “altisonantes” delante de ellas, elevar al estatus de sagrado el día de la madre, etc.- pero de fondo sigue la convicción de que en realidad vale menos que el hombre, tanto su persona como su trabajo. Las adornamos con palabrería y exaltaciones emocionales pero, pasada la emoción, seguimos considerándolas eternas menores de edad y lo peor, muchas de ellas mismas parecen estar de acuerdo y contentas con ello.

Adoptan el apellido del hombre renunciando al suyo; escuchan alegremente música que puede parecer muy festiva, pero cuyas letras a veces son degradantes en extremo para ellas; se deleitan en películas y programas en los que tienen el rol estelar de..¡víctimas!; tienen que pedir permiso al marido o al novio para tener amigos, entre otras muchas cosas similares, pero dales una flor y cédeles el asiento aunque no lo necesiten y ya está, se olvidan de los derechos largamente añorados.

Una mujer que se valore, que se quiera, no tiene por que renunciar nunca a su femineidad, como algunas lo han hecho con tal de ser aceptadas en el mundo laboral de los hombres; tampoco encuentra gusto por apoyar pautas culturales que les nieguen el derecho a vivir libremente su sexualidad (lo cual de ningún modo está peleado con la responsabilidad); se me ocurre un ejemplo: casi todas las canciones de desamor de los hombres juzgan de prostituta a la mujer que ha decidido escoger por ella misma al sujeto de su afecto, siendo éste diferente a la voz en primera persona que canta, conteniendo esta idea una creencia bastante profunda en que ellas no pueden ni deben tomar decisiones importantes, y la mayoría de las mujeres parece no darse cuenta de lo que escuchan, pasando derechito a su inconciente y haciendo más fuerte la convicción de que ellas no deben tener derecho a disfrutar y a elegir (tanto en cuestiones erótico-afectivas como en otros rubros). Una mujer que aspire a ser respetada comenzaría por no apoyar ese tipo de canciones, sean “tradicionales” o modernas, ni otras manifestaciones culturales que incidan en lo mismo.

El respeto y el amor a su sexo se inicia en casa, con las niñas más pequeñas, inculcándoles la misma confianza en que valen tanto y pueden lograr tanto como cualquier niño varón, con las mismas oportunidades y responsabilidades (el machismo se mama, dicen), y sin tener que entrar tampoco en una competencia absurda sobre que sexo es mejor. Los sexos nunca serán iguales, no hay ni habrá igualdad entre ellos, sería horrible, a menos que queramos ser andróginos o hermafroditas; lo que si puede y debiera haber es equidad, lo cual es muy diferente. Una mujer que ama su sexo disfruta por igual si un nuevo bebé en la familia es niño o niña y propiciará que haya oportunidades de desarrollo psicoafectivo sano y completo para ambos. La actitud que presente posteriormente en la escuela y el trabajo sólo serán consecuencias de lo que absorbe en casa; si ha crecido convencida de que ser mujer es algo maravilloso, digno ser gozado en toda su plenitud, un ser humano con cualidades y defectos que confía en sus habilidades y capacidades, no importará demasiado que en la escuela o el trabajo encuentre situaciones adversas o posturas retrógradas; sabrá lo que vale y hará lo necesario para mostrarlo o simplemente no perderá su tiempo y sus cualidades en un lugar que no vale la pena.

Una mujer es algo maravilloso, más allá del estereotipo de belleza al que estemos acostumbrados, pero depende de ellas mismas comenzar a valorarse justamente, a valorar sus deseos, sueños, aspiraciones, sea que quiera ser madre o astronauta, que lo sea por que realmente está convencida de que es digna de poder serlo, sin sentirse con menos, ni con más valor intrínseco que un hombre.

viernes, 8 de enero de 2010

Instantes

Podemos creer que todo lo que la vida nos ofrecerá mañana es repetir lo que hicimos ayer y hoy. Pero, si prestamos atención, percibiremos que ningún día es igual a otro. Cada mañana trae una bendición escondida; una bendición que solo sirve para este día y que no puede guardarse o desaprovecharse. Si no usamos este milagro hoy, se perderá. Este milagro esta en los detalles de lo cotidiano; es preciso vivir cada minuto porque allí encontramos la salida de nuestras confusiones, la alegría de nuestros buenos momentos, la pista correcta para la decisión que ha de ser tomada. No podemos dejar nunca que cada día parezca igual al anterior porque todos los días son diferentes. Presta atención a todos los momentos, porque la oportunidad, el “instante mágico”, está a nuestro alcance.
Hay probabilidad de que ocurran cosas inesperadas en cada segundo de nuestra frágil existencia.


Paulo Coelho

lunes, 16 de noviembre de 2009

Teletón 2009

¿ TE GUSTA PAGAR TUS IMPUESTOS ?

¿ y también los impuestos de otros?

Desde hace algunos años, (doce para ser exactos) el monstruo de la desinformación: Televisa, a través de su Fundación, se ha encargado de realizar distintas acciones de supuesta "asistencia social", como es el programa de donación de computadoras, de trasplantes de córneas, “un kilo de ayuda” y su proyecto más fuerte y redituable económicamente y que ha encabezado su "altruismo" empresarial, nos referimos al TELETÓN de diciembre.

Pero, para ponernos en ambiente, y si entre los lectores de estas líneas hay alguno que ignora el tema que se está tocando, intentaremos recrear las características más sobresalientes del famoso Teletón:

Sin hacer mucho esfuerzo, imaginen un bombardeo de anuncios viscerales que explotan las discapacidades físicas de cientos de niños como si éstos fuesen objeto de exhibición (claro, esto sin la finalidad de crear conciencia alguna acerca de una cultura de inclusión, de no discriminación, de integración, etc.), haciéndote sentir mal porque tú que eres "afortunado" al poder tener un trabajo aunque te paguen un salario de miseria, para medio comer, porque siendo afortunado teniendo Seguro Social y una casa (rentada, prestada, de cartón o de las que compras con un crédito que pagarás durante toda tu vida), o tienes el privilegio! de ir a la escuela, o no teniendo nada de esto, "no donas dinero a esos pobres niños".

No obstante esos, dos días enteros de transmisión ininterrumpida por donde circulan "comunicadores", actores y actrices, cantantes, políticos, empresarios, etc. que lloran a moco tendido "conmovidos" con los temas que al mero estilo de “Mujer casos de la vida real” (especialidad de la empresa), vuelven a mostrar y exhibir de manera lastimera a personas con alguna discapacidad o que en algún momento de su vida sufrieron un evento inesperado.

Todo eso para vender la idea de que con el dinero que se junte, se construirán hospitales y centros de rehabilitación donde se atenderá a toda esa gente (que de hecho deben ser construídos por el Gobierno con el dinero que pagamos miles y miles de personas con nuestros impuestos).

Pero... si son taaaan buenos los señores Televisos que idearon este mesiánico acto ¿por qué no hacen éstas obras (de las "benéficas", no de teatro), sin pedirle un peso a la gente? Obvio, pues porque así no sería negocio para ellos!
Sucede que, de acuerdo al segundo párrafo de Artículo 31 del Reglamento de la Ley del Impuesto sobre la Renta , que dice: "Asimismo, se considerarán deducibles los donativos que se otorguen a asociaciones, instituciones u organizaciones que destinen la totalidad de los donativos recibidos y, en su caso, sus rendimientos, para obras o servicios públicos que efectúen o deban efectuar la Federación , Estados, Distrito Federal o Municipios."

Esto significa que, cuando se hace una donación a una institución que otorgue, sin fines de lucro, un servicio que debe otorgar el Estado, la persona que realizó la donación puede exigirle a la Secretaría de Hacienda que no le cobre los impuestos equivalentes a la cantidad que dio, pues ya hizo una "buena obra".

El truco que utiliza Televisa es el siguiente:

Televisa, como cualquier otra empresa debe pagar impuestos, por ejemplo $1,000.00

Pero, como su negocio es obtener más ganancias y menos pérdidas, el pagar esos $1,000.00 no le conviene, así que crea una institución "aparte":

Fundación Teletón, la cual se dedica a hacer hospitales y a dar atención médica (obligación del Estado).

Cada año y antes de ser la fecha en que se pague a la Secretaria de Hacienda, ésta fundación, transmite (con el patrocinio de su mamá Televisa) dos días enteros llamando a la gente para que done dinero a su "causa", y fija una cantidad como meta que se debe alcanzar, por ejemplo $1,500.00

La gente como tú, tus amigos, vecinos y familiares, por actuar de buena fe, caen en la trampa de Televisa, hacen su aportación y donan $10.00 y así mucha gente. No les dan recibo para que Hacienda les descuente esos $10.00 de lo que pagan de impuestos, o dándoselos, no lo hacen valer pues es un proceso largo, burocrático y engorroso para ser sólo $10.00; o bien, donas un peso en los botes (en los que se depositan cantidades inciertas por las cuales no te dan un comprobante, o sea, de ahí nadie te asegura que todo el dinero recolectado se vaya a la "institución de asistencia" y no porque se quede con la gente que está en el metro boteando, sino que al sumar lo de todos los botes no se dice en la televisión la cantidad real que se recolectó).

Al final del segundo día, resulta que el dinero que donaron cientos de personas como tú, tu familia, tus vecinos, etc. supera la meta de $1,500.00 que se había fijado al principio, y resulta que se juntan $1,900.00
Entonces es cuando lo que no se ve en Televisión se traduce en ganancias efectivas para Televisa:

Los $1,900.00 que se juntaron (con las aportaciones de mucha gente), Televisa las acumula y en lugar de entregar miles de donativos por cada persona a Fundación Teletón, hace UNA SÓLA APORTACIÓN A SU NOMBRE (TELEVISA), por ella la Fundación le expide un recibo deducible de impuestos (algo así como un cupón o vale de descuento).

De ésta forma, Televisa al momento en que la Secretaria de Hacienda le cobra, ella muestra el Recibo del Teletón, por lo que la SHyCP ya no le cobra (pues supuestamente lo pagó al hacer la donación); pero no sólo eso, como el recibo era por $1,900.00 y Televisa sólo debía $1000.00, Hacienda deberá ¡REGRESARLE! a Televisa $900.00 en efectivo, mismos que Televisa NO regresará a las personas que realmente donaron ese dinero

¿Ves el negocio?, esa es la verdadera finalidad del Teletón, ser un medio para que Televisa evada su responsabilidad y otros paguen sus impuestos, la gente a la que enajena diariamente con la basura de sus programas televisivos.

En realidad, el verdadero problema radica en que miles de personas colaboran con 20, 50 ó 100 pesos, los cuales también son deducibles de impuestos, aunque a la gente que dona estas cantidades, o las entrega en las alcancías de la calle, no se le da recibo alguno para que los deduzcan de sus impuestos personales. Pero no es sólo eso.

Por los montos que aportan las grandes empresas "a nombre de sus empleados", que colectan entre los mismos para una causa "altruista", ellas obtienen un recibo deducible de impuestos, pero a nombre de la empresa, no de cada empleado, con lo que las empresas también pueden deducir esa cantidad de los impuestos que deben pagar.

De esta forma, todo lo que se dona al Teletón, o al redondeo en los supermercados, es dinero que el gobierno deja de recibir por concepto de impuestos, y que se debían destinar a obras y servicios al pueblo, enriqueciendo más a los ya de por sí millonarios dueños de Televisa y a los empresarios que le hacen coro, obtienen publicidad gratuita y desde luego el reconocimientos por su "altruismo", que en realidad pagan sus empleados y los clientes!.

En otras palabras, tu comprensión equivocada, tu buen corazón y la desinformación es un motivo para que no alcance el presupuesto para educación, seguridad o salud, por mencionar solo algunos, misma razón por la que hay algunos mexicanos que ganan más de un millón de pesos cada día y muchos, pero muchos mexicanos (más de los que tu crees) que sobreviven con menos de un dólar al día o si bien les va con un salario mínimo, que no les alcanza para casi nada, claro y además pagando sus impuestos (que el gobierno les descuenta en automático o indirectamente).
ATENTAMENTE
ESTUDIANTES ORGANIZADOS UAM-I, ESTUDIANTES DE CONTADOR PÚBLICO DE LA ESCA TEPEPAN DEL IPN Y ESTUDIANTES DE LA FCA DE LA UNAM.
¿ Ahora si entendiste bien los alcances de esos trucos evasivos ?

NOTA: AYUDARAS MUCHO EN HACER CONSCIENTES A TU GENTE, A TUS CONTACTOS Y COLABORARAS EN HACER MAS JUSTA LA SOCIEDAD DONDE VIVES


¡¡¡ Lo peor es que no es ninguna broma, el famoso Teletón se realiza en México desde hace 12 años !!!

viernes, 25 de septiembre de 2009

La importancia de hacer preguntas

CSICOP
Aristarco

LA CARGA DEl ESCEPTISCISMO

por Carl Sagan


¿Qué es el esceptiscismo? No es nada esotérico. Nos lo encontramos a diario. Cuando compramos un coche usado, si tenemos el mínimo de sensatez, emplearemos algunas habilidades residuales de duda (las que nos haya dejado nuestra educación). Podrías decir: «Este tipo es de apariencia honesta. Aceptaré lo que me ofrezca.» O podrías decir: «Bueno, he oído que de vez en cuando hay pequeños engaños relacionados con la venta de coches usados, quizá involuntarios por parte del vendedor», y luego hacer algo. Le das unas pataditas a los neumáticos, abres las puertas, miras debajo del capó. (Podrías valorar cómo anda el coche aunque no supieses lo que se supone que tendría que haber debajo del capó, o podrías traerte a un amigo aficionado a la mecánica.) Sabes que se requiere algo de duda, y comprendes por qué. Es desagradable que tengas que estar en desacuerdo con el vendedor de coches usados, o que tengas que hacerle algunas preguntas a las que es reacio a contestar. Hay al menos un pequeño grado de confrontación personal relacionado con la compra de un coche usado y nadie afirma que sea especialmente agradable. Pero existe un buen motivo para ello, porque si no empleas un mínimo de esceptiscismo, si posees una credulidad absolutamente destrabada, probablemente tendrás que pagar un precio tarde o temprano. Entonces desearás haber hecho una pequeña inversión de duda con anterioridad.

Ahora bien, esto no es algo en lo que tengas que emplear cuatro años de carrera para comprenderlo. Todo el mundo lo comprende. El problema es que los coches usados son una cosa, y los anuncios de televisión y los discursos de presidentes y líderes políticos son otra. Dudamos en algunas cosas, pero, desafortunadamente, no en otras.

Por ejemplo, hay un tipo de anuncio de aspirina que revela que el producto de la competencia sólo tiene una cierta cantidad del ingrediente analgésico que los médicos recomiendan (no te dicen cuál es el misterioso ingrediente), mientras que su producto tiene una cantidad dramáticamente superior (de 1,2 a 2 veces más por cada pastilla). Por tanto deberías comprar su producto. Pero ¿por qué no simplemente tomar dos pastillas de la competencia? Nadie te ha dicho que preguntes. No apliques dudas en este asunto. No pienses. Compra.



Las afirmaciones de los anuncios comerciales constituyen pequeños engaños. Nos hacen gastar algo más de dinero, o nos inducen a comprar un producto algo inferior. No es tan terrible. Pero considera esto: Tengo aquí el programa de este año de la Expo Whole Life de San Francisco. Veinte mil personas asistieron a la del año pasado. He aquí algunas de las presentaciones: «Tratamientos Alternativos para Enfermos de sida: reconstruirá las defensas naturales y prevendrá crisis del sistema inmunitario-aprende sobre los últimos avances que los medios han ignorado por completo.» Me parece que esa presentación podría causar graves daños. «Cómo las Proteínas Sanguíneas Atrapadas Producen Dolor y Sufrimiento.» «Cristales: ¿Son Talismanes o Piedras?» (Yo tengo mi propia opinión) Dice: «Al igual que un cristal enfoca ondas de sonido y luz para la radio y la televisión» las radios de galena tienen bastante tiempo- «también podría amplificar las vibraciones espirituales del hombre desintonizado». Apuesto a que muy pocos de vosotros estáis desintonizados. O esta otra: «El Retorno de la Diosa, Ritual de Presentación.» Otra: «Sincronicidad, la Experiencia de Reconocimiento.» Esa la da el «Hermano Charles». O, en la siguiente página: «Tú, Saint-Germain, y Cómo Curarse Mediante la Llama Violeta.» Sigue y sigue, con montones de anuncios acerca de las oportunidades (que van desde lo dudoso a lo espurio) disponibles en la Expo Whole Life.

Si tuvieras que bajar a la Tierra en cualquier momento del dominio humano, te encontrarías con un conjunto de sistemas de creencia populares, más o menos similares. Cambian, a veces rápidamente, a veces en una escala de varios años: pero, a veces, sistemas de creencia de este tipo duran muchos miles de años. Al menos unos cuantos están siempre presentes. Creo que es razonable preguntarse por qué. Somos Homo Sapiens. Ésa es nuestra característica diferenciadora, eso de sapiens. Se supone que somos listos. Entonces ¿por qué nos rodea siempre todo ese tema? Bueno, por una parte, muchos de esos sistemas de creencia tratan necesidades humanas reales que no se presentan en nuestra sociedad. Existen necesidades médicas insatisfechas, necesidades espirituales, y necesidades de comunicación con el resto de la comunidad humana. Puede que haya más de esos defectos en nuestra sociedad que en muchas otras de la historia de la humanidad. Por tanto, es razonable para la gente probar y hurgar en varios sistemas de creencia, para ver si ayudan en algo.

Por ejemplo, tomemos una manía de moda: la canalización. Tiene como premisa fundamental, al igual que el espiritualismo, que, cuando morimos, no desaparecemos exactamente, sino que una parte de nosotros continúa. Esa parte, dicen, puede retomar el cuerpo de un humano u otras criaturas en el futuro, y por tanto, personalmente, la muerte pierde mucha amargura para nosotros. Y lo que es más, tenemos una oportunidad, si los argumentos de la canalización son ciertos, de contactar con seres queridos que han muerto.

Hablando personalmente, yo estaría encantado de que la reencarnación fuese cierta. Perdí a mis dos padres en los últimos años, y me encantaría tener una pequeña conversación con ellos, para decirles cómo están los niños y asegurarme de que todo va bien dondequiera que estén. Eso toca algo muy profundo. Pero, al mismo tiempo, y precisamente por esa razón, sé que hay gente que intenta beneficiarse de las vulnerabilidades de los afligidos. Mejor que los espiritualistas y los canalizadores tengan un argumento convincente.

O tomemos la idea de que, pensando mucho sobre formaciones geológicas, podemos decir dónde hay depósitos de mineral o petróleo. Uri Geller afirma eso. Ahora bien, si eres un ejecutivo de una compañía de exploración de mineral o petróleo, tus garbanzos dependen de que encuentres los minerales o el petróleo: por tanto, gastar cantidades triviales de dinero, comparadas con lo que te gastas a menudo en exploración geológica, en este caso para encontrar físicamente los depósitos, no suena tan mal. Podrías caer en la tentación.

O tomemos a los OVNIs, el argumento de que nos están visitando continuamente seres de otros mundos en naves espaciales. Encuentro esto muy emocionante. Al menos es una ruptura con lo ordinario. He empleado una buena cantidad de tiempo en mi vida científica trabajando en el tema de la búsqueda de inteligencia extraterrestre. Piensa cuánto esfuerzo podría ahorrarme si esos tipos están visitándonos. Pero cuando podemos reconocer alguna vulnerabilidad emocional relacionada con una pretensión, es cuando tenemos que hacer los esfuerzos más firmes de escrutinio escéptico. En esa situación es cuando pueden aprovecharse de nosotros.

Ahora reconsideremos la canalización. Hay una mujer en el Estado de Washington que afirma entrar en contacto con alguien que tiene 35.000 años de edad: Ramtha (quien, por cierto, habla muy bien inglés con lo que me parece un acento indio). Supongamos que tenemos a Ramtha aquí y supongamos que Ramtha es cooperativo. Podríamos hacer algunas preguntas: ¿Cómo sabemos que Ramtha vivió hace 35.000 años? ¿Quién está llevando la cuenta de los milenios que se interponen? ¿Cómo es que son exactamente 35.000 años? Eso es un número muy redondo. ¿35.000 más qué, o menos qué? ¿Cómo eran las cosas hace 35.000 años? ¿Cómo era el clima? ¿Dónde vivió Ramtha? (Sé que habla inglés con un acento indio, pero ¿dónde se hablaba así hace 35.000 años?) ¿Qué come Ramtha? (Los arqueólogos saben algo sobre lo que comía la gente por aquel entonces.) Tendríamos una buena oportunidad de descubrir si sus afirmaciones son ciertas. Si fuera realmente alguien de hace 35.000 años, podríamos aprender mucho sobre hace 35.000 años. Por tanto, de una manera u otra, o Ramtha es realmente alguien de hace 35.000 años, en cuyo caso descubriremos algo sobre ese periodo (que es anterior a la glaciación de Wisconsin, una época interesante), o es un farsante y se equivocará. ¿Cuáles son los idiomas indígenas, cómo es la estructura social, con quién más vive Ramtha (hijos, nietos), cuál es el ciclo de vida, la mortalidad infantil, qué ropas lleva, cuál es su esperanza de vida, qué armas, plantas y animales hay? Dinos. En cambio, lo que oímos son las homilías más banales, indistinguibles de las que los supuestos ocupantes de los OVNIs les dicen a los pobres humanos que afirman haber sido abducidos por ellos.

Ocasionalmente, por cierto, recibo una carta de alguien que está en contacto con un extraterrestre que me invita a «preguntar lo que sea». Así que tengo una lista de preguntas. Los extraterrestres están muy avanzados, recordemos. Por tanto pregunto cosas como: «Por favor, denme una demostración simple del Último Teorema de Fermat.» O de la Conjetura de Goldbach. Y luego tengo que explicar qué son estas cosas, porque los extraterrestres no las llamarán Último Teorema de Fermat, así que escribo la pequeña ecuación con sus exponentes. Nunca recibo respuesta. Por otra parte, si le pregunto algo como «¿Deberíamos ser buenos los humanos?», siempre recibo respuesta. Pienso que se puede deducir algo de esta habilidad diferenciada para contestar preguntas. Si son cosas imprecisas y vagas, están encantados de responder, pero si es algo específico, que dé ocasión a descubrir si saben algo realmente, sólo hay silencio.

El científico francés Henri Poincarè hizo una observación sobre por qué la credulidad está tan extendida: «También sabemos lo cruel que es la verdad a menudo, y nos preguntamos si el engaño no es más consolador.» Eso es lo que he intentado decir con mis ejemplos. Pero no creo que ésa sea la única razón por la que la credulidad está extendida. El esceptiscismo desafía a instituciones establecidas. Si enseñamos a todo el mundo, digamos a los estudiantes de instituto, el hábito de ser escéptico, quizá no limiten su esceptiscismo a los anuncios de aspirinas y a los canalizadores de 35.000 años. Puede que empiecen a hacerse inoportunas preguntas sobre las instituciones económicas, o sociales, o políticas o religiosas. ¿Luego dónde estaremos?

El esceptiscismo es peligroso. Ésa es precisamente su función, en mi opinión. Es menester del esceptiscismo el ser peligroso. Y es por eso que hay una gran renuencia a enseñarlo en las escuelas. Es por eso que no encontramos un dominio general del esceptiscismo en los medios. Por otra parte, ¿cómo evitaremos un peligroso futuro si no poseemos las herramientas intelectuales elementales para hacer preguntas agudas a aquéllos que están nominalmente al cargo, especialmente en una democracia?

Creo que éste es un buen momento para reflexionar sobre el tipo de problema nacional que se podría haber evitado si la desconfianza estuviese más disponible en la sociedad americana. El fiasco de Irán/Nicaragua es un ejemplo tan obvio que no tomaré ventaja de nuestro pobre y hostigado presidente (Reagan) hablando sobre ello. La resistencia de la Administración a un Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares y su continua pasión por aumentar las armas nucleares (uno de los pilotos principales en la carrera nuclear) bajo el pretexto de estar más seguros es otro asunto semejante. También lo es el programa de defensa "La Guerra de las Galaxias". Los hábitos de pensamiento de duda escéptico que fomenta el CSICOP tienen relevancia para asuntos de la mayor importancia para la nación. Hay tantas tonterías promulgadas por los partidos políticos que el hábito de duda imparcial debería declararse un objetivo nacional esencial para nuestra supervivencia.

Quiero decir algo más sobre la carga del esceptiscismo. Se puede coger un hábito de pensamiento en el que te diviertes burlándote de toda la gente que no ve las cosas tan bien como tú. Esto es un peligro social potencial, presente en una organización como el CSICOP. Tenemos que protegernos cuidadosamente de esto.

Me parece que lo que se necesita es un equilibrio exquisito entre dos necesidades conflictivas: el mayor escrutinio escéptico de todas las hipótesis que se nos presentan, y al mismo tiempo una actitud muy abierta a las nuevas ideas. Obviamente, estas dos maneras de pensar están en cierta tensión. Pero si sólo puedes ejercitar una de ellas, sea cual sea, tienes un grave problema.

Si sólo tienes dudas, entonces no te llegan nuevas ideas. Nunca aprendes nada nuevo. Te conviertes en un viejo cascarrabias convencido de que la estupidez gobierna el mundo. (Existen, por supuesto, muchos datos que te apoyan.) Pero de vez en cuando, quizá uno entre cien casos, una nueva idea resulta estar en lo cierto, ser válida y maravillosa. Si tienes demasiado arraigado el hábito de dudar de todo, vas a pasarla por alto o tomarla a mal, y en ningún caso estarás en la vía del entendimiento y del progreso.

Por otra parte, si eres receptivo hasta el punto de la mera credulidad y no tienes una pizca de sentido de la desconfianza, entonces no puedes distinguir las ideas útiles de las inútiles. Si todas las ideas tienen igual validez, estás perdido, porque entonces, me parece, ninguna idea tiene validez alguna.

Algunas ideas son mejores que otras. El mecanismo para distinguirlas es una herramienta esencial para tratar con el mundo y especialmente para tratar con el futuro. Y es precisamente la mezcla de estas dos maneras de pensar el motivo central del éxito de la ciencia.

Los científicos realmente buenos practican ambas. Por su cuenta, cuando hablan consigo mismos, amontonan grandes cantidades de nuevas ideas y las critican implacablemente. La mayoría de ellas nunca llega al mundo exterior. Sólo las ideas que pasan por rigurosos filtros salen y son criticadas por el resto de la comunidad científica. A veces ocurre que las ideas que son aceptadas por todo el mundo resultan ser erróneas, o al menos parcialmente erróneas, o al menos son reemplazadas por ideas de mayor generalidad. Y, aunque, por supuesto, existen algunas pérdidas personales (vínculos emocionales con la idea de que tú mismo has jugado un papel inventivo), no obstante la ética colectiva es que, cada vez que una idea así es derribada y reemplazada por algo mejor, la misión de la ciencia ha salido beneficiada. En ciencia, ocurre a menudo que los científicos dicen: «¿Sabes?, ése es un gran argumento; yo estaba equivocado.» Y luego cambian su mentalidad y jamás se vuelve a escuchar de sus bocas esa vieja opinión. Realmente hacen eso. No ocurre tan a menudo como debiera, porque los científicos son humanos y el cambio es a veces doloroso. Pero ocurre a diario. No soy capaz de recordar la última vez que pasó algo así en la política o en la religión. Es muy raro que un senador, por ejemplo, responda: «Ése es un buen argumento. Voy a cambiar mi afiliación política.»

Me gustaría decir unas cuantas cosas sobre las estimulantes sesiones sobre la búsqueda de inteligencia extraterrestre (SETI) y sobre el lenguaje animal en nuestra conferencia del CSICOP. En la historia de la ciencia, existe un instructivo desfile de importantes batallas intelectuales que resultan tratar todas ellas sobre lo centrales que son los seres humanos. Podríamos llamarlas batallas sobre la presunción anti-copernicana.

He aquí algunas de las cuestiones:

Somos el centro del Universo. Todos los planetas y las estrellas y el Sol y la Luna giran alrededor nuestro. (Chico, debemos ser realmente especiales.)

Ésa era la creencia impuesta (Aristarco aparte) hasta la época de Copérnico. Le gustaba a mucha gente porque les daba una posición central personalmente injustificada en el Universo. El mero hecho de estar en la Tierra te hacía privilegiado. Eso te hacía sentir bien. Luego llegó la prueba de que la Tierra era sólo un planeta y de que esos puntos brillantes en movimiento eran también planetas. Decepcionante. Incluso deprimente. Mejor cuando éramos centrales y únicos.

Pero al menos nuestro Sol está en el centro del Universo.

No, esas otras estrellas también son soles, y lo que es más, nos encontramos en las afueras de la galaxia. No estamos nada cerca del centro de la galaxia. Muy deprimente. Bueno, al menos la Vía Láctea está en el centro del Universo.

Luego un poco más de progreso científico. Descubrimos que no existe eso del centro del Universo. Lo que es más, hay cien mil millones de galaxias más. Ésta no tiene nada de especial. Completamente deprimente.

Bueno, al menos nosotros, los humanos, somos el pináculo de la creación. Somos aparte. Todas esas criaturas, las plantas y los animales, son inferiores. Nosotros somos superiores, no tenemos conexión con ellos. Todo ser viviente ha sido creado separadamente.

Luego viene Darwin. Descubrimos una continuidad evolucionaria. Estamos relacionados estrechamente con las otras bestias y vegetales. Lo que es más, nuestros parientes biológicos más cercanos son los chimpancés. Esos son nuestros parientes más cercanos (¿esos bichos?) Es una vergüenza. ¿Has ido alguna vez al zoo y los has visto? ¿Sabes lo que hacen? Imagina lo embarazosa que era esta verdad en la Inglaterra victoriana, cuando Darwin tuvo esta idea.

Hay otros ejemplos importantes (sistemas de referencia privilegiados en física y la mente inconsciente en psicología) que pasaré por alto.

Mantengo que en la tradición de este largo conjunto de debates (cada uno de los cuales ha sido ganado por los copernicanos, por los tipos que dicen que no hay nada especial en nosotros), hubo una nota callada profundamente emocional en los debates de las dos sesiones del CSICOP que he mencionado. La búsqueda de inteligencia extraterrestre y el análisis de un posible lenguaje animal hieren a uno de los sistemas de creencia pre-copernicanos que quedan:

Al menos somos las criaturas más inteligentes de todo el Universo.

Si no existen más chicos listos en ninguna parte, aunque estemos relacionados con los chimpancés, aunque estemos en las afueras de un universo vasto y tremendo, al menos todavía nos queda algo especial. Pero, en el momento que encontremos inteligencia extraterrestre, se perderá el último pedazo de presunción. Creo que parte de la resistencia a la idea de la inteligencia extraterrestre es debida a la presunción anti-copernicana. Asimismo, sin tomar ninguna postura en el debate de si hay otros animales (los primates superiores, especialmente los grandes monos) inteligentes o con un lenguaje, es claramente, a nivel emocional, la misma cuestión. Si definimos a los humanos como criaturas que tienen lenguaje y nadie más tiene lenguaje, al menos somos únicos en ese aspecto. Pero si resulta que todos esos sucios, repugnantes y graciosos chimpancés pueden, con el Ameslan o de cualquier otra manera, comunicar ideas, entonces ¿qué nos queda de especial a nosotros? En los debates científicos existen, a menudo inconscientemente, impulsoras predisposiciones emocionales sobre estas cuestiones. Es importante darse cuenta de que los debates científicos, al igual que los debates pseudocientíficos, pueden llenarse de emociones por todas estas razones.

Ahora echemos un vistazo más de cerca a la búsqueda de inteligencia extraterrestre por radio. ¿En qué se diferencia de la pseudociencia? Dejadme contar un par de casos reales. A principios de los sesenta, los soviéticos ofrecieron una rueda de prensa en Moscú en la que anunciaron que una fuente distante de radio, llamada CTA-102, estaba variando sinusoidalmente, como una onda seno, con un periodo de unos 100 días. ¿Por qué convocaron una rueda de prensa para anunciar que una fuente distante de radio estaba variando? Porque pensaban que era una civilización extraterrestre de inmenso poder. Eso se merece convocar una rueda de prensa. Esto es incluso anterior a la existencia de la palabra cuásar. Hoy sabemos que CTA-102 es un cuásar. No sabemos muy bien lo que es un cuásar: y existe más de una explicación para ellos mutuamente exclusiva en la literatura científica. No obstante, pocos consideran seriamente que un cuásar, como CTA-102, sea una civilización galáctica extraterrestre, porque hay un número de explicaciones alternativas de sus propiedades que son más o menos consistentes con las leyes físicas que conocemos sin evocar a la vida alienígena. La hipótesis extraterrestre es una hipótesis de último recurso. Sólo si falla todo lo demás se acude a ella.

Segundo ejemplo: en 1967, científicos británicos encontraron una fuente de radio cercana que fluctuaba en un periodo de tiempo mucho más corto, con un periodo constante de hasta diez cifras significativas. ¿Qué era? Su primer pensamiento fue que era algo como un mensaje que se nos estaba enviando, o un faro de navegación interestelar para las naves espaciales que volaban entre las estrellas. Incluso le dieron, entre los de la Universidad de Cambridge, el pervertido nombre de LGM-1 (Little Green Men, u Hombrecillos Verdes). Sin embargo (eran más listos que los soviéticos), no convocaron una rueda de prensa, y pronto se hizo claro que lo que tenían era lo que ahora se llama un púlsar. De hecho fue el primer púlsar, el púlsar de la Nebulosa Cangrejo. Bueno, ¿qué es un púlsar? Un púlsar es una estrella comprimida hasta el tamaño de una ciudad, soportada como no lo está ninguna otra estrella, no por presión gaseosa, no por exclusión electrónica, sino por las fuerzas nucleares. Es, en cierto sentido, un núcleo atómico del tamaño de Pasadena. Sostengo que esa es una idea al menos tan rara como la del faro de navegación interestelar. La respuesta a lo que es un púlsar tiene que ser algo muy extraño. No es una civilización extraterrestre, es otra cosa: pero otra cosa que abre nuestros ojos y mentes e indica posibilidades en la naturaleza que nunca habríamos adivinado.

Luego está la cuestión de los falsos positivos. Frank Drake en su original experimento Ozma, Paul Horowitz en el programa META (Megachannel Extraterrestrial Assay) patrocinado por la Sociedad Planetaria, el grupo de la Universidad de Ohio y muchos otros grupos han recibido señales que han hecho palpitar sus corazones. Piensan por un momento que han captado una señal genuina. En algunos casos no tenemos la menor idea de lo que fue; las señales no se han repetido. La noche siguiente apuntas el mismo telescopio al mismo punto en el cielo con la misma modulación y la misma frecuencia, y lo pasa-bandas todo de la misma manera, y no oyes nada. No publicas esos datos. Puede ser un mal funcionamiento del sistema de detección. Puede ser un avión militar AWACS revoloteando y emitiendo en canales de frecuencia supuestamente reservados para la radioastronomía. Puede ser un aparato de diatermia en la misma calle. Hay muchas posibilidades. No se declara inmediatamente que has descubierto inteligencia extraterrestre sólo porque has encontrado una señal anómala.

Y si se repitiese, ¿lo anunciarías? No. Puede ser una broma. Puede ser algo que le pasa a tu sistema y que no eres capaz de descifrar. En cambio, llamarías a los científicos de un montón de radiotelescopios y les dirías que en ese punto particular del cielo, a esa frecuencia, modulación, y banda y todo eso, pareces captar algo curioso. ¿Por favor, podrían mirar si captan algo parecido? Y sólo si obtienen la misma información varios observadores independientes del mismo punto del cielo piensas que tienes algo. Aun entonces sigues sin saber que ese algo es inteligencia extraterrestre, pero al menos has podido determinar que no es algo de la Tierra. (Y también que no es algo en órbita terrestre; está más lejos que eso.) Este es el primer plan de acción que se requiere para asegurarse de que realmente tienes una señal de una civilización extraterrestre.

Fíjate que hay una cierta disciplina implicada. La duda impone una carga. No puedes salir y gritar pequeños hombrecillos verdes, porque vas a parecer muy tonto, como les pasó a los soviéticos con el CTA-102, que resultó ser algo muy distinto. Es necesaria una cautela especial cuanto las implicaciones son de tanta importancia como aquí. No estamos obligados a decidirnos por algo en cuanto tenemos unos datos. No pasa nada por no estar seguros.

Me suelen preguntar: «¿Crees que existe inteligencia extraterrestre?» Y yo respondo con los argumentos habituales. Hay un montón de lugares allá afuera, miles de millones. Luego digo que me sorprendería mucho que no existiese inteligencia extraterrestre, pero que por supuesto no tenemos pruebas concluyentes de ello. Y luego me preguntan: «Vale, pero ¿qué es lo que crees realmente?» Y respondo: «Ya te he dicho lo que creo.» «Sí, pero ¿qué te dicen tus entrañas?» Pero yo no intento pensar con mis entrañas. En serio, es mejor reservarse la opinión hasta que tengamos pruebas.

Después de que se publicase mi artículo «El Arte de la Detección de Camelos» en Parade (1 feb. 1987), recibió, como puedes imaginar, un montón de cartas. Parade es leído por 65 millones de personas. En el artículo di una larga lista de cosas que eran presuntos o demostrados camelos (treinta o cuarenta). Los defensores de todas esas cosas resultaron uniformemente ofendidos, por lo que recibí montones de cartas. También ofrecí un conjunto de instrucciones muy elementales acerca de cómo tratar a los camelos (los argumentos de una autoridad no valen, todos los pasos de una cadena de evidencias tienen que ser válidos, etcétera). Mucha gente contestó diciendo: «Tiene usted toda la razón en las generalidades; desafortunadamente, eso no es aplicable a mi doctrina particular.» Por ejemplo, uno de ellos decía que la idea de que existe inteligencia extraterrestre fuera de la Tierra es un ejemplo de excelente camelo. Concluía: «Estoy tan seguro de esto como de cualquier otra cosa en mi experiencia. No hay vida consciente en otro lugar del Universo. El Hombre vuelve así a su legítima posición en el centro del Universo.».

Otro remitente también estaba de acuerdo con todas mis generalidades, pero decía que, como escéptico empedernido, yo había cerrado mi mente a la verdad. Más notablemente, he ignorado la evidencia de que la Tierra tiene seis mil años de antigüedad. Bueno, no la he ignorado; he considerado la supuesta evidencia y luego la he rechazado. Existe una diferencia, y ésta es una diferencia, podríamos decir, entre prejuicio y postjuicio. Prejuicio es hacer un juicio antes de considerar los hechos. Postjuicio es hacer un juicio después de considerarlos. El prejuicio es terrible, en el sentido de que se cometen injusticias y graves errores. El postjuicio no es terrible. Por supuesto, no puedes ser perfecto; también puedes cometer errores. Pero es permisible hacer un juicio después de haber examinado la evidencia. En algunos círculos incluso se fomenta.

Creo que parte de lo que impulsa a la ciencia es la sed de maravilla. Es una emoción muy poderosa. Todos los niños la sienten. En una clase de parvulario, todos la sienten; en una clase de bachillerato casi nadie la siente, o siquiera la reconoce. Algo pasa entre el parvulario y el bachillerato, y no es sólo la pubertad. No sólo los colegios y los medios no enseñan mucha duda, tampoco se fomenta mucho este emocionante sentido de lo maravilloso. Ambas ciencia y pseudociencia despiertan ese sentimiento. Una pobre popularización de la ciencia establece un nicho ecológico para la pseudociencia.

Si la ciencia se explicase a la gente de a pie de una manera accesible y excitante, no habría sitio para la pseudociencia. Pero existe una especie de Ley de Gresham por la que, en la cultura popular, la mala ciencia expulsa a la buena. Y por esto pienso que tenemos que culpar, primero, a la comunidad científica por no hacer un mejor trabajo popularizando la ciencia, y segundo, a los medios, que a este respecto son casi por completo inútiles. Todo periódico americano tiene una columna diaria de astrología. ¿Cuántos tienen siquiera una columna semanal de astronomía? Y también pienso que es culpa del sistema educativo. No enseñamos a pensar. Esto es un error muy serio que podría incluso, en un mundo infestado con 60.000 armas nucleares, comprometer el futuro de la humanidad.

Sostengo que hay mucha más maravilla en la ciencia que en la pseudociencia. Y además, en la medida que esto tenga algún significado, la ciencia tiene como virtud adicional (y no es una despreciable) su veracidad.



Traducción: Gabriel Rodríguez Alberich


miércoles, 26 de agosto de 2009

Fin del estado nación y nuevo orden mundial...¿me lo explicas otra vez?


UNESCO Social and Human Sciences
The MOST Phase II website is available at: www.unesco.org/shs/most.
Gestión de las Transformaciones Sociales - MOST
Documentos de debate - n° 47
El Crepúsculo del Estado-Nación
Una interpretación histórica en el contexto de la globalización
por
Ariel Français
El crepúsculo del Estado-nación no constituye solamente un tema de importancia científica para todos los que se interesen por la función del Estado en el mundo contemporáneo, sino también es una cuestión fundamental para la gobernabilidad del mundo de mañana.
Al tratar este tema, recordaremos inicialmente los orígenes del Estado-nación, lo cual nos permitirá caracterizar la crisis que éste atraviesa. Analizaremos también el proceso de globalización, para entender mejor el contexto en que se da esta crisis, y esbozaremos un análisis del nuevo orden planetario que se está configurando ante nosotros. Finalmente, para concluir nuestro trabajo, intentaremos identificar los desafíos que se presentan a las generaciones futuras.
Indice
Los orígenes del Estado-nación *
La crisis del Estado-nación *
El proceso de globalización *
El nuevo orden planetario *
Desafíos para las futuras generaciones *
Bibliografía *
Los orígenes del Estado-nación
El Estado-nación constituye un modo de organización de la sociedad relativamente reciente en la historia de la humanidad. El surgimiento del Estado moderno puede situarse a raíz del Renacimiento, mientras que la conformación del concepto de nación, a pesar de formarse paulatinamente a lo largo de la época contemporánea, sólo se consolida a finales del siglo XVIII. El Estado-nación, propiamente dicho, surgió a principios del siglo XIX y alcanzó su apogeo en el curso del siglo XX. Sin embargo, a pesar de que este concepto tiene una acepción muy amplia y que abarca en el acervo cotidiano cualquier modo de organización estatal, muchos Estados de hoy no se clasifican como Estados-naciones. En una época en la que el Estado-nación está enfrentado a un proceso de debilitamiento, es necesario recordar los orígenes del concepto para comprender los procesos evolutivos en curso.
El Estado-nación se ha conformado en el transcurso de un proceso histórico que se inició en la alta Edad Media y desembocó a mediados del siglo XX, en el modo de organización de la colectividad nacional que conocemos en la actualidad. Para llegar al concepto y a las instituciones que sustentan este modo de organización fue necesario, en primer lugar, disociar las funciones que cumple el Estado, de las personas que ejercen el poder. Con la conformación del Estado moderno, se llegó progresivamente a la conciencia de que el orden político transcendía a las personas de los gobernantes. Así nació el Estado moderno, un Estado que no confunde las instituciones que lo conforman, con las personas que ocupan el poder, y que asume un conjunto de funciones en beneficio de la colectividad.
Paralelamente, fue conformándose el concepto de nación, entendido como la colectividad forjada por la Historia y determinada a compartir un futuro común, la cual es soberana y constituye la única fuente de legitimidad política. Esta conceptualización dio vida al Estado-nación a finales del siglo XVIII y fue el fruto del movimiento de ideas que se desencadenó con el Renacimiento y culminó en el Siglo de las Luces. Con ello se inició un proceso de estructuración institucional de las comunidades nacionales que se propagaría por toda Europa y el continente americano en el transcurso del siglo XIX, y se ampliaría a escala mundial en este siglo, con el acceso a la independencia de las antiguas colonias.
Con las ideas y los conceptos establecidos en el Siglo de las Luces y propagados por la Revolución Francesa, quedaron definidos todos los principios a partir de los cuales se edificarían los Estados-naciones durante los dos siglos siguientes: la percepción de la nación como la colectividad que reúne a todos los que comparten el mismo pasado y una visión común de su futuro; la definición de la nación como la colectividad regida por las mismas leyes y dirigida por el mismo gobierno; la afirmación de que la nación es soberana y única detentora de legitimidad política; y la afirmación de que la ley debe ser la expresión de la voluntad general y no puede existir gobierno legítimo fuera de las leyes de cada nación.
El Estado-nación, sin embargo, no fue solamente el fruto del movimiento de las ideas y la concientización de los pueblos --del Renacimiento hasta el Siglo de las Luces--, sino también el resultado de las luchas por el poder y de las confrontaciones sociales --desde la alta Edad Media hasta nuestros días--, de las cuales el propio Estado fue tanto objeto, como instrumento.
De la alianza entre la monarquía y la burguesía --nueva fuerza ascendente a finales de la Edad Media--, resultaron la eliminación del feudalismo y el nacimiento del Estado moderno en las sociedades más avanzadas de la Europa occidental. La burguesía, a su vez, tomó el poder y se separó de la Corona --como en las Provincias Unidas de Holanda, en el siglo XVII, o Estados Unidos tras la guerra de independencia--, controló la monarquía por la vía parlamentaria --en Inglaterra, a partir del siglo XVII--, o la derribó --en Francia con el estallido de la Revolución, a finales del siglo XVIII.
Desde el punto de vista socioeconómico, y retrospectivamente, la Revolución Francesa, con su cortejo de consecuencias a lo largo del siglo XIX, constituye una etapa clave en la historia del mundo contemporáneo, pues marca el acceso al poder de las burguesías nacionales y la reestructuración del Estado en función de los objetivos de aquella clase. Se puede afirmar que al concluir el siglo XIX, casi todas las burguesías nacionales controlaban el aparato del Estado, y que éste había sido reorganizado con el fin de responder a sus aspiraciones y a su proyecto económico. Con la revolución industrial, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, este proyecto se ajustó a las características del nuevo contexto técnico-económico. Ya no se trataba entonces de producir e intercambiar mercancías, basándose en procesos artesanales o semi-industriales, sino de producir en gran escala, a partir de tecnologías nuevas, que requieren una fuerte acumulación de capital, la explotación de nuevas fuentes de energía y la movilización de una mano de obra abundante, aportada por el mundo rural. Se configuraron de este modo las industrias nacionales, al abrigo de dispositivos proteccionistas, así como espacios abiertos a las ambiciones y a las rivalidades comerciales, lo que traerá como consecuencia la creación de los imperios coloniales.
El siglo XIX, por lo tanto, se caracterizó por la hegemonía absoluta de la burguesía en los planos político, económico y social, a pesar de lo cual se generaron revueltas de la clase obrera y reacciones políticas en el ámbito de la sociedad. A principios del siglo XX y confrontado por las protestas sociales de amplias capas de la sociedad y el desafío de la Revolución Rusa, el Estado burgués represivo del siglo pasado tuvo que transformarse paulatinamente en Estado mediador y garante del bienestar en los llamados países de economía liberal, al mismo tiempo que la clase media asumía un protagonismo creciente en la vida política. En los llamados Estados socialistas se implantaron, paralelamente, nuevas formas de administración de la economía y de distribución de los bienes e ingresos. Bajo el impulso del partido único y del Estado, se generó una sociedad sin clases, enmarcada, sin embargo, por los aparatos del partido y del Estado.
Durante todo el proceso de su conformación y hasta el tercer cuarto del siglo XX, el Estado asumió un protagonismo creciente en la gestión de la economía y en la promoción del desarrollo. Entre los siglos XVI y XVIII, los Estados europeos de la costa atlántica desempeñaron un papel determinante en la conquista de nuevos territorios y en la promoción de vastos intercambios comerciales con el llamado Nuevo Continente y el Extremo Oriente. A partir del siglo XIX, con la revolución industrial, la función del Estado cambió: en Europa occidental asumió un papel decisivo en la modificación de los marcos legal e institucional y en la estructuración de nuevos espacios comerciales. Contrario a muchas ideas prevalecientes, la transformación del capitalismo mercantil en capitalismo industrial no modificó esencialmente el papel del Estado en relación con la economía, sino que sus formas de intervención fueron adaptándose a los nuevos requerimientos del proceso de acumulación.
Con la Revolución Rusa y la gran depresión económica de los años treinta, aparecieron nuevas dimensiones: al desafío planteado por la aparición de un modelo socioeconómico alternativo en la Unión Soviética se añadió, para los países de economía liberal, la necesidad de hallar respuestas a la grave crisis económica que azotó al sistema capitalista. Se indujeron así iniciativas como la del New Deal en Estados Unidos y el desarrollo del keynesianismo en la esfera de las políticas económicas. Dichos procesos convergieron, en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, en una intervención creciente del Estado en las economías nacionales, lo cual revistió la forma de un control directo del proceso de inversión y de reparto de bienes en las llamadas economías socialistas, y de una gestión indirecta en el proceso de crecimiento y desarrollo económico en las economías llamadas liberales.
El análisis de este proceso permite afirmar que el Estado siempre intervino en la esfera económica, aunque esta intervención revistió formas sensiblemente diferentes según las épocas y los sistemas económicos. Dichos procesos convergieron, en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, en una intervención creciente del Estado en la economía que, sin revestir modalidades idénticas, buscó garantizar niveles de protección social y de acceso al bienestar significativamente mayores a los que el mundo había alcanzado en épocas anteriores. Se puede por lo tanto afirmar que el Estado de Bienestar en el mundo occidental y el Estado Tutelar en el llamado campo socialista lograron alcanzar un papel decisivo en la organización de la sociedad, en la promoción del desarrollo y en el arbitraje de los conflictos sociales; funciones todas desafiadas en la actualidad, como lo veremos a continuación.
La crisis del Estado-nación
La crisis del Estado-nación, a la cual asistimos hoy, es un fenómeno relativamente reciente cuya aceleración aumenta a medida que las condiciones que la provocaron se agudizan . En la raíz de este fenómeno se hallan las perturbaciones que afectaron al mundo a partir de los años setenta y las relaciones de fuerzas que fueron conformandose en las esferas del poder y de la ideologia. El primer factor de crisis fue el choque petrolero de principios de los setenta que, en la realidad, ocultó un conjunto de transformaciones aun mas profundas de la economía mundial. Estas transformaciones desencadenaron un proceso de paralización del Estado de Bienestar en el mundo occidental mientras que la internacionalización del capital comenzaba a afectar en su raíz el asentamiento histórico del Estado-nacion. El segundo factor de crisis fue el desplome del llamado campo socialista ,en sus dimensiones política, económica y militar, la cual resulto de la incapacidad de sus dirigentes para instrumentar respuestas a las crecientes contradicciones de las respectivas economías. Estas perturbaciones fueron socavando las funciones que el Estado Tutelar había logrado asumir en aquellas sociedades mientras que se desagregaban las superestructuras plurinacionales impuestas por el poder soviético. El tercer factor de crisis fue la inmensa ofensiva ideológica contra el Estado que desencadenaron los medios políticos, académicos y de prensa más apegados al capitalismo avanzado. Esta ofensiva, que impugna el papel del Estado en todas sus dimensiones, socava los fundamentos políticos, sociales y culturales del Estado-nacion.
La crisis petrolera de 1973 desencadenó desequilibrios comerciales y financieros, un proceso acumulativo de reestructuración de los sistemas energéticos y de los aparatos productivos, una ola de políticas deflacionarias y la explosión del desempleo. Para amortiguar el impacto del aumento del precio del petróleo y reducir su dependencia energética a largo plazo, los países consumidores tuvieron que adoptar políticas de ahorro de energía en gran escala y de sustitución del petróleo con la promoción de fuentes de energía nuevas y alternativas que todavía se implementan. A corto plazo, sin embargo, la respuesta inmediata a la crisis petrolera --más allá de las reestructuraciones y las inversiones requeridas para disminuir la dependencia energética a largo plazo--, fue el desencadenamiento en gran escala de políticas deflacionarias con el objetivo de limitar el desequilibrio de las cuentas externas y frenar la inflación. Por otro lado, la acumulación de petrodólares generada por la crisis indujo otros desequilibrios en la esfera financiera, pues alimentó la contratación de deudas en los países en vías de industrialización. El endeudamiento consecuente afectaría dramáticamente al mundo en desarrollo en la década de los ochenta.
Sin embargo, la crisis del petróleo enmascaró un proceso más profundo: el agotamiento del modo de crecimiento y acumulación prevaleciente hasta entonces en las economías del mundo occidental. Entre los hechos más significativos y menos analizados de principios de aquella época, figura la saturación de los mercados de consumo de los países occidentales, reflejada en la disminución tendencial del ritmo de crecimiento en la producción de bienes de consumo. El crecimiento experimentado por el mundo occidental tras la Segunda Guerra Mundial, impulsado por el acceso del gran público al automóvil y a los artículos electrodomésticos , entró en crisis a principio de los setenta, cuando la progresión de la demanda alcanzó un nivel muy próximo al ritmo de remplazo.
A partir de los años setenta, por lo tanto, se observó un estancamiento del modo de crecimiento y consumo que se había configurado en los países occidentales al salir de la Segunda Guerra Mundial, y que era resultado de la revolución industrial que venía desarrollándose desde principios del siglo XIX. La relativa saturación de los mercados y la desaparición de las condiciones que habían permitido la expansión continua del consumo y la producción en esos mercados --energía abundante y barata, tecnologías dominadas y amortizadas, y una distribución del ingreso generadora de demanda--, obstaculizaron la continuidad del crecimiento. Por el contrario, la necesidad de proceder a importantes inversiones, tanto para superar la crisis petrolera, como para promover nuevos productos y tecnologías, pesaría cada día más sobre la distribución del ingreso y la remuneración respectiva del capital y del trabajo.
Todo ello generó una inmensa presión sobre los ingresos, en forma de ahorro forzado --directo o indirecto-- para que se produjera un nuevo ciclo de acumulación. También generó entre los grupos industriales y financieros la necesidad de expandir las fronteras del consumo más allá de los mercados occidentales y de restructurarse a escala mundial para aprovechar al máximo las ventajas de localización. Asistimos, por lo tanto, a la desaparición de las condiciones que, en el plano económico, habían permitido el florecimiento del Estado de Bienestar, y a una reestructuración del capital a escala mundial generadora de un nuevo orden planetario. Asistimos, igualmente, a la desaparición de las condiciones que, en el plano político, habían permitido arbitrar los conflictos sociales, y a una redistribución del poder a escala planetaria, mas halla del marco nacional.
Las consecuencias que han tenido las transformaciones en curso sobre el Estado � tal como conformado desde finales de los sesenta-- son múltiples, y afectan directamente su papel de promotor y garante del bienestar. En primer lugar, su capacidad para planificar y promover el desarrollo es afectada por la imprevisibilidad del entorno económico. Las políticas económicas y sociales se reducen a procesos de ajuste y gestión a muy corto plazo, condicionados por la búsqueda de equilibrios financieros y contables. En segundo lugar, el Estado también ha perdido su función de promotor del crecimiento y el empleo, pues ya no puede regular la demanda y la inversión. La imposibilidad de aplicar esquemas keynesianos, tanto a causa del agotamiento del modelo de consumo, como por la tendencia creciente de las empresas a privilegiar las inversiones en tecnología y capital, ahorrando mano de obra, impide cualquier tentativa de regulación de la actividad económica y por restablecer el pleno empleo. En tercer lugar, el Estado ha perdido también sus funciones de redistribución de los ingresos y moderador de las tensiones sociales, por estar obligado a recortar los gastos públicos y desmantelar los sistemas sociales. Los desequilibrios económicos y financieros surgidos en los años setenta y la acentuación del contexto deflacionario en que se ha movido la economía mundial a finales del siglo XX, pesan cada día más sobre la capacidad tributaria de los Estados, lo que resulta en un círculo vicioso de la deuda, del saneamiento financiero y de los recortes sociales. Como consecuencia de este triple proceso, se puede afirmar que el Estado de Bienestar ha entrado en estado de crisis, al no poder mas asumir sus funciones de promotor del desarrollo, regulador de la actividad económica y mediador de las tensiones sociales, al mismo tiempo que el Estado-nación se vuelve obsoleto al no servir mas de soporte para la expansión de un capital en fase de internacionalización acelerada ni de marco institucional para la elaboración de los compromisos sociopoliticos. La crisis del Estado de Bienestar y la crisis del Estado-nacion son así dos caras de un mismo proceso, donde el Estado no puede mas, asumir sus funciones socioeconómicas mientras que se encuentra marginalizado en el contexto de la mundializacion del capital.
Sin embargo, la crisis del Estado-nación no se circunscribe a la forma que logro alcanzar en el mundo occidental, con el Estado de Bienestar, pues, al mismo tiempo, se produce el desplome del Estado Tutelar, que habían conformado los países del llamado campo socialista. El desplome del Estado Tutelar no es ni el fruto de un accidente histórico, ni la prueba de una presunta supremacía de los modelos liberales. Es el resultado de un largo estado de asfixia de las economías de aquellos países y de la incapacidad de sus dirigentes para transformar sociedades y economías movilizadas, en sistemas pluralistas y flexibles, lo cual culminaría en 1990 con la implosión del campo socialista. Las causas de la asfixia de las economías de tipo soviético deben ser buscadas en la propia atrofia de aquellos sistemas, que nunca consiguieron superar las limitaciones que presidieron su formación.
Al analizar el modelo soviético en sus dimensiones económicas, predomina, sobre todo, el tema de la movilización, el cual explica la conformación y los modos de funcionamiento de este tipo de economía. En la base del proceso radicaba, en particular, el imperativo de movilizar la economía para garantizar la supervivencia de la revolución soviética, lo cual llevó a los líderes del joven proceso revolucionario y, más tarde, a los dirigentes del Estado soviético, a adoptar un sistema de economía de guerra, derivado del propio sistema que Rusia había implantado durante la Primera Guerra Mundial e inspirado por experiencias similares, en particular, la alemana. Cabe resaltar que la cuestión de la propiedad de los medios de producción no reviste gran relevancia para explicar tanto el comportamiento como los resultados de este tipo de economía, a pesar de todos los debates y prejuicios ideológicos que siempre acompañaron este tema. Analizadas desde el punto de vista económico, tanto las nacionalizaciones como las colectivizaciones fueron sólo herramientas dentro de un proceso más abarcador de movilización de la economía dirigido a cumplir determinadas metas de producción, con cuotas de comercialización pre-establecidas, pero sin sanción económica ni medición de su adecuación en relación con el consumo final.
La conformación de este tipo de economía, que poco tiene que ver con la finalidad del socialismo, fue generando, a lo largo de su historia, toda clase de desajustes, caracterizados por la inversión de la competencia hacia los segmentos superiores de la cadena productiva y la generalización de penurias en bienes y mano de obra en todo el sistema económico. Para garantizar los objetivos del desarrollo y controlar, al mismo tiempo, los desequilibrios generados por el propio modo de funcionamiento de la economía, se implantaron, en el transcurso de los años, sistemas de regulación y control tales como la planificación, la priorización, la negociación y la intimidación que, sin resolver la cuestión de la eficiencia económica ni satisfacer la aspiración creciente de la población al consumo de masas, favorecieron el desarrollo del clientelismo y la corrupción.
Confrontado con la presión cada vez mayor de la carrera tecnológica y armamentista durante el período de la Guerra Fría, el sistema soviético se encontró, en la década de los años ochenta, frente a imperativos de inversión desproporcionados con las capacidades y la eficiencia de su economía, los cuales, junto a una demanda interna constantemente insatisfecha, llevaron a la economía al borde de la asfixia. Analizada bajo este ángulo, la perestroika constituyó la última y la más ambiciosa de las tentativas de reforma emprendidas en la Unión Soviética para superar sus contradicciones económicas. Su fracaso, provocado por las incidencias políticas y sociales del propio proceso, llevó, a principios de los años noventa, al desplome del Estado Tutelar.
El desplome del Estado Tutelar tuvo inmensas consecuencias en los planos interno y externo. En lo interno, y al igual que en el Estado de Bienestar en el mundo occidental, se desagregaron los sistemas y mecanismos que tenían como fin promover el desarrollo, regular el crecimiento y el empleo, y garantizar tanto el acceso a los servicios básicos como la protección social. En el plano exterior se desintegró el sistema de alianzas y de cooperación que asociaba a los países del llamado campo socialista, y quedó afectado hasta el propio sistema federativo soviético, lo cual abrió un inmenso espacio a la penetración del capital extranjero como consecuencia de la desaparición de las fronteras políticas, económicas y militares que separaban esta parte del mundo de la otra. La desaparición misma del modelo soviético, como la del campo socialista, crearon también un desequilibrio en los procesos que habían llevado a que países del sistema capitalista mitigaran sus excesos con políticas sociales, en el preciso momento en el cual el Estado de Bienestar, en el mundo occidental, ya se revelaba incapaz de continuar asumiendo su papel. Y es precisamente en ese contexto de crisis del Estado de Bienestar en Occidente, y del Estado Tutelar en el Este, cuando se intensifica la ofensiva neoliberal impulsada por los sectores más extrovertidos del capital mundializado.
La gran ofensiva neoliberal, a la cual hemos asistido desde el principio de los años ochenta, tiene raíces más lejanas. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en un ambiente eminentemente favorable al protagonismo económico y social del Estado, aparecen las primeras resistencias al papel asumido por éste, en la forma de una contraofensiva ideológica dirigida contra el Estado y destinada a magnificar las virtudes del mercado. Esta corriente, que se estructuró en torno a ciertas universidades y que fue financiada por poderosas fundaciones vinculadas a intereses económicos norteamericanos, daría vida a la llamada escuela neoliberal. Su proyecto podría resumirse como la eliminación del Estado en sus dimensiones económicas y sociales, y la liberación total de las llamadas fuerzas del mercado.
No obstante, habría que esperar unos treinta y cinco años para que los partidarios de dicha escuela asumieran un papel protagónico y la ideología sustentada por dicha corriente penetrara significativamente en los círculos del poder político y las técno-estructuras que los rodean. Desde este punto de vista, la llegada al poder del presidente Reagan en Estados Unidos y de la primera ministra Thatcher en el Reino Unido, marca una etapa decisiva, con el desencadenamiento de una serie de políticas y medidas que irían materializando el proyecto neoliberal. A partir de aquellos momentos se instrumentan las políticas de desregulación y desreglamentación inspiradas por los círculos neoliberales, así como las políticas de privatización y de reducción del gasto público, incluidos los llamados programas de ajuste estructural, cuyo propósito es tanto restablecer la solvencia externa de los países endeudados, como desmantelar las políticas y los instrumentos de intervención del Estado.
Sin embargo, el proyecto neoliberal no tiene dimensiones meramente internas, sino internacionales --o globales, para utilizar la propia fraseología de los promotores del nuevo orden mundial. El objetivo implícito del proyecto neoliberal es la creación de un inmenso espacio sin fronteras a escala planetaria, donde podrán circular sin trabas las mercancías y el capital, incluyendo la mano de obra cuando --y sólo cuando-- tal movimiento se revele oportuno. Este proyecto, que hoy casi ha llegado a su estado de maduración, comenzó a formarse a finales de los años cuarenta con los acuerdos del GATT y la puesta en marcha de las negociaciones comerciales dirigidas a desmantelar las barreras aduaneras. Estas negociaciones culminaron en abril de 1994 con los acuerdos de Marrakech, fase final de la última ronda de negociaciones, conocida como la Ronda Uruguay. Asimismo, el campo de las negociaciones fue ampliándose durante estos años bajo el supuesto indiscutido de que la liberalización del intercambio sería un factor de progreso, mientras las medidas proteccionistas constituían un factor de retroceso. Se desmantelaron así, progresivamente, las barreras aduanales y los obstáculos no tarifarios. Se incluyeron posteriormente los servicios, con el desmantelamiento de los monopolios públicos y la desprotección de renglones enteros de las economías, fenómeno que abarcó sectores tan estratégicos o sensibles como las telecomunicaciones y la producción cultural. También, y al margen de cualquier espacio de negociación o debate público, se liberalizaron los movimientos de capital, lo cual privó a las autoridades monetarias de la facultad de controlar tales movimientos, y permitió conformar un inmenso espacio financiero planetario en el que se mueven hoy los fondos especulativos. Para completar este proceso, se iniciaron también negociaciones en el seno de la OCDE para liberalizar las inversiones extranjeras y garantizarlas contra el riesgo político a través del llamado Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), el cual no llegó hasta hoy a ser adoptado debido a las oposiciónes que suscitó en diversos sectores. Todo este proceso, que podríamos caracterizar como una sucesión de abandonos deliberados de soberanía en áreas claves de la regulación económica, preparó, respaldó y estructuró la internacionalización del capital y la reestructuración de la economía a escala mundial, a las cuales asistimos hoy.
El proceso de globalización
El proceso de globalización, tal como lo estamos presenciando, encubre una serie de cambios radicales en las esferas económica, social y cultural.
En la primera, asistimos desde los años setenta a una transformación radical del concepto de espacio económico, inducida por el capital internacional, su relocalización a escala planetaria y la reinstrumentación de las relaciones entre actores económicos y entre unidades de producción. La división que aún prevalecía hasta el siglo XIX entre el mundo occidental --mercantil y en vías de industrialización--, y el mundo de las civilizaciones estancadas y de los pueblos indígenas, fue sustituida a principios del siglo siguiente por una oposición Norte � Sur : entre países ricos e industrializados, por una parte, y países pobres y subdesarrollados, por la otra, prevaleciente aún hoy. Las relaciones de dominación y de dependencia que se establecieron entre aquellos grandes espacios --a los cuales se asimilaron los conceptos de centro y periferia-- permanecen groseramente válidas como mecanismo explicativo. Sin embargo, aquella imagen se ha vuelto más compleja en la segunda mitad del siglo XX a partir de la conformación de espacios económicos integrados --o en proceso de integración-- en torno a las grandes metrópolis económicas del Norte, en las cuales se administra hoy la mayor parte de la actividad económica y de la riqueza acumulada. Dichos espacios-que se caracterizan por un alto nivel de intercambios internos y significativas relaciones comerciales, así como por importantes flujos de inversiones internas y recíprocas-, se estructuran hoy alrededor de los tres polos de la llamada tríada, constituida por Estados Unidos, la Unión Europea y Japón.
No obstante, esta visión groseramente representativa de los mercados y de los intercambios en el ámbito de los espacios macro-económicos no capta la realidad aún más compleja de la organización de la producción y del movimiento del capital al nivel planetario. El proceso de mundialización del capital, que se inició en los setenta y se aceleró a partir de los ochenta, encubre en realidad tres fenómenos: la penetración de los grandes mercados existentes y de los llamados emergentes por la vía de la inversión extranjera directa; la relocalización de amplios segmentos de la cadena productiva en países con bajo costo de mano de obra y débil organización sindical, por la vía de las transferencias de capitales; y, finalmente, la conformación de un vasto mercado financiero a escala planetaria, articulado en torno a una docena de plazas financieras con proyección mundial.
Analizado desde este ángulo, una de las principales consecuencias de la transnacionalización de la producción y la liberalización de los flujos financieros ha sido la desvinculacion de la actividad productiva con los territorios nacionales e, incluso, con las zonas de intercambio comercial y de integración económica conformadas por determinados países. En efecto, si se exceptúan las actividades con fuertes limitaciones de reubicación o con potencial limitado de expansión comercial, la mayoría de los grupos industriales y financieros tienden hoy a organizarse a escala planetaria, creando redes globales de producción y de intercambio que rebasan o se superponen a los espacios nacionales. Sin embargo, dichas redes se estructuran actualmente en torno a centros de mando de nivel planetario con sede en un número limitado de grandes metrópolis norteamericanas, europeas y asiáticas --aunque también en un número limitado de metrópolis del hemisferio Sur--, suministradoras de servicios estratégicos y financieros, y funcionando como nodos en la red global conformada por los grandes grupos industriales y financieros.
Como resultado de esta transnacionalización de la economía, se ha constituido hoy una red global de intercambios económicos y financieros que, a semejanza de la Web, trasciende las fronteras nacionales, se estructura en torno a un número limitado de nodos metropolitanos estratégicos, y sobre la cual los Estados no ejercen más que un control marginal. Pero también se ha reconfigurado el espacio social, siguiendo las líneas de fractura diseñadas por el proceso de transnacionalización, el cual, más allá de la redistribución de las actividades económicas a escala planetaria, redistribuye también la riqueza y el poder, según nuevos parámetros socioeconómicos.
La universalización de la brecha social constituye, como lo veremos seguidamente, el segundo cambio de gran envergadura inducido por el proceso de globalización. Si hasta hace poco tiempo se podía dividir el planeta en mundo desarrollado y mundo subdesarrollado, en Norte globalmente rico y Sur masivamente pobre, en centro dominador y periferia explotada, ya resulta imposible --como en la esfera económica-- emplear los mismos conceptos, por demasiado simplistas e incapaces de representar la realidad social. Si esta dicotomía permanece groseramente válida en el ámbito de los macro-espacios, reflejando los desniveles de acumulación a escala mundial, el proceso mismo de transnacionalización del capital está incidiendo profundamente en la distribución de la riqueza a escala planetaria y en las relaciones de fuerza dentro de cada sociedad.
Así, con la relocalización del capital y las actividades productivas a escala planetaria, se están produciendo cambios en las esferas del empleo y la relación capital-trabajo que afectan profundamente la estratificación social de los países y de los espacios involucrados. Mientras ciertas zonas declinan en términos de actividad económica y de empleo, otras emergen como resultado de las relocalizaciones industriales y de los movimientos de capital. De este modo, nuevas áreas deprimidas y nuevas zonas de prosperidad se constituyen, como resultado de dichos movimientos. La evolución a la cual asistimos no sería tan grave si no ocurriése en un contexto de precarización del empleo y de la protección social en los países industrializados, y de competencia por los más bajos niveles de remuneración y protección social en los países subdesarrollados. Al mismo tiempo, no se ha conseguido promover el desarrollo de inmensos espacios geográficos y de numerosos países y territorios, donde siguen concentrándose una gran parte de la miseria y donde se sitúan también los principales focos de emigración hacia las zonas de mayor desarrollo.
Mientras la regresión y la precarización sociales afectan cada día más a los países industrializados y mientras el mundo subdesarrollado continúa concentrando la gran masa de los miserables, se conforman también islotes de riqueza sobre el telón de la pobreza, como consecuencia de la relocalización del capital y la concentración de los ingresos en determinadas áreas del planeta. Se materializan así procesos de ascensión social en las zonas beneficiadas, con la conformación de capas privilegiadas y la aparición de una neoburguesía. Sin embargo, la relativa ascensión social que se puede observar en ciertas zonas del mundo --como resultado del proceso de relocalización-- no deja de ser limitada y precaria, y no compensa el masivo retroceso social que se observa en los países de antigua industrialización --como consecuencia de las políticas deflacionarias y de la reestructuración del capital--, ni la eliminación acelerada de las clases medias en los nuevos países industrializados debido a las políticas de ajuste estructural impuestas por las instituciones financieras internacionales.
Globalmente, la persistencia de la miseria en amplias partes del mundo y el retroceso generalizado de la clase media y de la clase obrera en todos los países, contrastan con la concentración creciente de riqueza y de poder que se está desarrollando al otro extremo de la pirámide social. Todo ello conlleva una acentuación brutal de las desigualdades y una universalización de la brecha social, tanto en los países industrializados como en los subdesarrollados. La convivencia cada día más conflictiva entre marginalizados y privilegiados, particularmente aguda en el medio urbano --donde estas dos categorías se cruzan cotidianamente--, se presenta ya, quizás, como un reto, sino el mayor de los retos del Tercer Milenio. De hecho, como resultado de la transnacionalización de la actividad económica y de la concentración de las funciones de mando en las grandes metrópolis, se está conformando actualmente, a escala planetaria, un modelo social con características universales, donde una minoría de privilegiados deberá coexistir con un número creciente de marginados.
La tercera, y no menos impresionante, característica del proceso de globalización es la exacerbación de la crisis de la identidad. La desarticulación de las economías nacionales y el retroceso de los mecanismos de protección social que respaldaban la solidaridad nacional socavan la legitimidad del Estado en el mismo momento en que la ofensiva ideológica neoliberal ataca sus fundamentos socio-políticos. Mientras tanto, las referencias culturales de los pueblos --y sus sistemas de valores-- son agredidos por la penetración cultural del modelo dominante y los valores asociados a este modelo.
Se observa, por un lado, un retroceso del Estado --tanto en efectividad como en legitimidad-- en su misión de responder a las inquietudes y a las aspiraciones de los ciudadanos: por una parte, como ya se subrayó, el Estado se revela incapaz de solucionar los llamados problemas globales, pues no logra asumir su papel económico y social, y por la otra, diminuye el compromiso de los ciudadanos en relación con el Estado, que no consigue ya responder a sus aspiraciones de seguridad y bienestar, cuando no cae en el extremo de servir a grupos e intereses ajenos a la nación.
Todo esto socava a su vez las bases del contrato sobre el cual se había conformado el Estado-nación, contrato político y social mediante el cual cada individuo cedía al Estado parte de sus derechos para poder ejercerlos colectivamente como ciudadano en beneficio del interés general. Asistimos, por lo tanto, a un retroceso de la legitimidad del Estado, que se traduce en una pérdida de credibilidad de las instituciones políticas y de la legitimidad de la "clase" política, y cuyas consecuencias son gravísimas para la solución de los problemas políticos y sociales a los cuales se enfrentan los países hoy.
Así se explican el resurgimiento de los peculiarismos provincianos o regionales, la búsqueda cuasi instintiva de las raíces culturales y de solidaridad en el ámbito de otras colectividades --locales o asociativas--, el surgimiento o resurgimiento de movimientos autonomistas y sus formas extremas, como el terrorismo y las guerras civiles en varias partes del mundo.
El retroceso del Estado y el compromiso ciudadano no serían tan graves si al mismo tiempo los valores y las referencias culturales que sirven de cemento a la cohesión de cada pueblo no fuesen agredidos por un modelo cultural globalizado, producto de los modos de vida que promueven el capitalismo mundializado y el sistema de valores que lo respalda. Este modelo cultural, promovido por el capitalismo y su principal centro de impulsión --los grandes grupos norteamericanos con proyección transnacional--, agrede hoy, no solamente a las sociedades del mundo occidental, sino también a las del mundo subdesarrollado, y las enfrenta a valores y modelos que destruyen la identidad cultural de cada pueblo, les impone una cultura uniforme y mercantil que glorifica la violencia y el individualismo, y atenta contra los valores de solidaridad y los principios éticos que respaldan la mayoría de las culturas, incluyendo sus dimensiones morales y religiosas.
Así se explica la explosión del integrismo en el mundo islámico, iniciada en Irán, a finales de los setenta, y extendida ahora a varios continentes, incluidos el europeo. El integrismo es el resultado de un rechazo instintivo y violento al modelo de vida promovido por el Occidente, con sus dimensiones consumistas e individualistas, y percibido como una agresión cultural y ética en sociedades pobres, impregnadas de misticismo.
Así se explica también --en otro contexto y con formas diferentes-- la resistencia que oponen al modelo norteamericano, naciones que conservan todavía una fuerte identidad cultural --Francia en Europa, Japón en Asia, Cuba en América Latina-- y que las lleva a confrontaciones agudas con los intereses y los centros de poder con sede en Estados Unidos.
Como resultado del proceso analizado, se ha exacerbado hoy la crisis de identidad, entendida ésta como la crisis vivida por cada pueblo e, incluso, por cada comunidad unida por valores y referencias comunes, frente a las agresiones del modelo cultural dominante, en el contexto de un retroceso del Estado y del compromiso ciudadano. La exacerbación de la crisis de la identidad provoca dos tipos de reacciones por parte de las comunidades agredidas: la primera es el rechazo, frecuentemente violento, de los valores y referencias culturales promovidos y respaldados por el capitalismo mundializado, y la segunda, corolario de la primera, es un retorno a los valores y referencias tradicionales de las comunidades agredidas o el enclaustramiento en ellos, con frecuentes derivaciones xenófobas.
Así se explica hoy tanto la expansión del integrismo musulmán frente a la penetración de un sistema de valores que niega o destruye la espiritualidad, como la proliferación, en el otro extremo, de la xenofobia y los conflictos étnicos, tanto en países supuestamente civilizados, como en sociedades menos avanzadas. Todo ello tiene como consecuencia una desgregación tanto de la nación --como entidad unida por un pasado y un destino comunes-- como del Estado --en sus formas tanto unitarias como federales o confederadas--, y a una proliferación de los conflictos étnicos y religiosos que caracterizarán sin duda el mundo del Tercer Milenio.
El nuevo orden planetario
Mientras declina el Estado-nación y retroceden los Estados soberanos que constituían la comunidad internacional, toma forma, paulatinamente, un nuevo orden planetario. La creación del nuevo orden, que aún permanece inadvertido al ciudadano común, tiene como corolario la propia descomposición del Estado y es promovida por las fuerzas económicas y sociales emergentes que vienen estructurando el mundo a finales del siglo XX. El nuevo orden planetario, tal como lo analizaremos de inmediato, es ante todo la proyección de nuevos campos de fuerza que no pueden ser comparados ni en naturaleza ni en amplitud con los que modelaron el mundo pasado. Nuevas entidades con vocación o proyección mundial vienen expandiéndose por encima de las fronteras, burlándose de las legislaciones nacionales o apoyándose en los propios aparatos estatales, reorientados para nuevos fines. Sin embargo, la nueva economía mundial y los campos de fuerza que están configurándose no son socialmente neutros. Detrás de los actores económicos y de la maquinaria que los sustenta se perfila una nueva oligarquía planetaria, caracterizada por una visión compartida de sus intereses y el manejo de determinados instrumentos sobre los cuales se asienta su poder. Intentaremos ahora caracterizar a estos nuevos actores, los grupos sociales que se benefician de ellos y los instrumentos que respaldan su poder.
La irrupción de los actores globales constituye, sin duda, uno de los acontecimientos más revolucionarios en la esfera de las relaciones internacionales de finales del siglo XX. Por primera vez en la historia de la humanidad surgen entidades que piensan y actúan en términos globales, es decir, a escala planetaria, fuera de cualquier atadura territorial.
Hasta hace pocos años, no se concebía ni se instrumentaba el poder, político o económico, fuera de un espacio territorial. El territorio constituía la base a partir de la cual tanto los Estados como las empresas asentaban y articulaban sus fuerzas. Y las relaciones internacionales trataban exclusivamente de las relaciones entre Estados, sea bilateral o multilateralmente, inclusive en sus dimensiones económicas.
Con la mundialización del capital, la transnacionalización de las grandes empresas, los progresos en el transporte y las innovaciones en el campo de la informática y las comunicaciones, se está constituyendo en la actualidad un espacio económico único, donde las fronteras físicas y administrativas tienden a disolverse. El proceso de transnacionalización de las grandes empresas, que se inició después de la Segunda Guerra Mundial con la expansión del capital norteamericano y se aceleró, a partir de los setenta, con el desarrollo de las inversiones extranjeras directas, europeas y japonesas, está teniendo como consecuencia la constitución de un espacio único de competencia donde un número cada vez más reducido de grupos gigantescos tratarán de dominar los mercados y, a través de ellos, afirmar su poder económico y social.
Como lo analizamos anteriormente, los factores que propiciaron dicha expansión fueron el agotamiento del modo de crecimiento que había beneficiado al mundo occidental hasta la década de los setenta y la consecuente búsqueda, por parte de las empresas, de una ampliación de las fronteras del consumo y la adopción de modalidades de acumulación basadas en una nueva relación entre el capital y el trabajo. Este proceso fue promovido y respaldado, como lo subrayamos, por las políticas neoliberales diseñadas por ciertos círculos después de la Segunda Guerra Mundial, y que condujeron a una liberalización creciente de los movimientos de mercancías, servicios y capitales, asociada a una privatización sistemática de las economías y a un retroceso orquestado del papel del Estado.
Como resultado de este proceso se está conformando actualmente una economía oligopólica global, sustentada por inmensos grupos industriales y financieros cuasi monopólicos, detentores de tecnologías de punta o protegidas, quienes tienden, a través de alianzas y absorciones, a reforzar su dominación en sus respectivos campos de excelencia. Por lo tanto, se están constituyendo a escala planetaria varios campos de fuerza económicos ampliamente desterritorializados, los cuales se superponen a las relaciones interestatales y entrechocan con estas últimas.
Sería, sin embargo, prematuro anunciar el fin del Estado-nación y su sustitución por un Estado al servicio de las transnacionales, debido a que un número aún significativo de Estados con fuerte identidad nacional intentarán probablemente preservar su espacio de actuación y decisión, manteniendo o adaptando sus mecanismos de control y regulación.
No obstante, el escenario más probable es el del debilitamiento de muchos Estados, obligados a conceder ventajas fiscales, laborales y de otra índole cada vez mayores a los grupos transnacionales, y el de una convergencia creciente entre los intereses de dichos grupos y los de las capas dirigentes de sus Estados matrices, lo cual constituye un reflejo, a su vez, de las prevalecientes relaciones de dominación del mundo industrializado sobre el mundo subdesarrollado. Por lo tanto, el escenario más probable es el alineamiento creciente de los aparatos estatales de los países industrializados con los objetivos y ambiciones de los grupos transnacionales --como ya se puede observar en el caso de Estados Unidos, Japón y Europa occidental-- así como una subordinación cada vez más acentuada de los países subdesarrollados a los intereses de dichos grupos.
Sería un error, sin embargo, limitar la esfera de los actores globales al grupo de las transnacionales. Mientras su presencia y poder se imponen a escala planetaria, en otras áreas emergen nuevas fuerzas con objetivos y características muy distintos.
Por un lado, nuevas organizaciones de carácter no gubernamental, con una visión y objetivos planetarios, conforman hoy lo que calificaríamos de ONG globales. Las características y las ambiciones de dichas ONG son, por supuesto, muy diferentes de las que caracterizan a las transnacionales, pues han surgido como respuesta a los grandes desafíos que enfrenta nuestro mundo a finales del segundo milenio en áreas como el medio ambiente, las emergencias complejas y los derechos humanos, para mencionar apenas las de mayor peso. El poder de las ONG globales deriva de su fuerza como proyección organizada de aspiraciones universales y de su capacidad de movilización de los individuos y de la opinión pública. Aunque disponen de recursos que en algunas son relativamente elevados, lo esencial de su poder radica en la movilización de fuerzas morales y aspiraciones universales que, sin actuar directamente sobre la esfera económica, crean obstáculos a la expansión incontrolada de las transnacionales.
En el extremo opuesto, organizaciones de carácter no gubernamental con proyecciones y ambiciones también planetarias, conforman lo que calificaríamos de redes globales, algunas con propósitos criminales y otras de carácter místico.
Entre las redes globales con propósitos criminales se encuentran las del tráfico de drogas y de armas --muchas veces vinculadas--, las del tráfico de las personas --que incluyen a inmigrantes y otras formas modernas de esclavitud--, y todas aquellas involucradas en tráficos ilícitos, como el de los órganos humanos, por ejemplo. Dichas redes, que se relacionan con el crimen organizado y cuya finalidad es lucrativa, pueden revestir, cuando alcanzan cierto grado de organización y de recursos, la forma de transnacionales virtuales. Muchas mantienen vínculos casi orgánicos con las transnacionales, por el canal de las finanzas, el comercio y la inversión, como lo ilustra la cuestión del lavado de dinero.
Entre las redes globales con propósitos místicos se encuentran, con frecuencia creciente, las sectas religiosas. La proliferación y la expansión de dichas sectas a escala mundial, aunque no constituye un fenómeno nuevo, llama hoy la atención. Si sus propósitos son supuestamente confesionales, la organización y modos de operar de muchas se basan en la manipulación de los espíritus o en la intimidación. Utilizan, por lo tanto, la fuerza del misticismo y de los recursos de sus adeptos, sirviendo a los intereses del círculo de sus dirigentes y hasta desarrollan proyectos con características que rondan la megalomanía y el crimen, como lo ilustró, recientemente, el caso de la secta Verdad Suprema en el Japón.
Finalmente, en la frontera entre la criminalidad y el misticismo se hallan los grupos armados y las organizaciones terroristas internacionales, que derivan su fuerza tanto de la fe en una causa y del rechazo al consumismo occidental y a sus símbolos culturales, como de la revuelta provocada y alimentada por la miseria. Si el propósito de dichos grupos es derribar por la violencia a los que perciben como opresores, y al modelo consumista propagado por las transnacionales y respaldado por la potencia norteamericana, sus métodos se asemejan a los de las redes criminales, con las cuales mantienen vínculos casi orgánicos.
Si la presencia y el peso de todos estos actores sobresale hoy a escala mundial, y marginaliza cada día más el papel del Estado como sujeto y actor de la escena internacional, sin embargo, poco se ha dicho o escrito sobre los nuevos dueños del poder, a los que calificaríamos como la nueva oligarquía planetaria. De hecho, una de las principales cuestiones planteadas por el llamado proceso de globalización, si no la principal y la menos percibida, es la redistribución del poder a escala global, más allá de los Estados y las respectivas sociedades, en lo que actualmente constituye el sistema mundial.
Una lectura socio-política del proceso de globalización que intentára profundizar más allá de sus fundamentos económicos y de sus manifestaciones culturales, mostraría que, en el fondo, lo que está sucediendo es la concentración creciente del poder en manos de ciertos grupos que, sin formar una clase social en el sentido que le daba Marx, constituyen una capa privilegiada y multifacética, aglutinada por intereses comunes y una visión convergente del universo, y portadora, por lo tanto, de una nueva ideología. Estos grupos no se sustentan en los medios de poder que respaldaron el ascenso de la burguesía mercantil, primero, y de la burguesía industrial, después, es decir la acumulación de capital y, a través de esta, el control del aparato del Estado.
El poder de la nueva oligarquía planetaria no se asienta sobre el capital, ni siquiera sobre las finanzas, sino sobre el control, el procesamiento y la manipulación de la información, que constituye actualmente, como lo analizaremos más adelante, el instrumento por excelencia del poder en su nueva configuración. Acceder a la información crítica, a su procesamiento estratégico y a su manipulación social supone, como primer requerimiento, haber tenido acceso a la educación superior, particularmente en aquellas escuelas y universidades con alto grado de selectividad social. También supone el apoyo y la complicidad de los grupos ya asentados en el poder, lo que, de entrada, limita ese acceso a una ínfima parte de la humanidad. Sin embargo, este mismo proceso de selección-cooptación no garantiza el acceso a posiciones privilegiadas ni al poder, donde se concentra, precisamente, la información estratégica. Requiere, como paso siguiente, la eliminación de los competidores, un proceso respaldado por el individualismo promovido por el núcleo norteamericano de la oligarquía planetaria y que redunda, en escala mundial, en un darwinismo social que justifica su legitimidad con la idea de que los ganadores son necesariamente los mejores y que los perdedores no merecen acceder a altas remuneraciones y a puestos de mando.
Bajo este manto ideológico, consonante con el proyecto neoliberal y con la expansión de las transnacionales, se constituyen hoy nuevas capas privilegiadas, detentoras del poder real, que se concentran en los puestos de mando de los sectores más estratégicos del nuevo orden planetario. Estos puestos permiten el control de la actividad de los grandes grupos oligopólicos, incluyendo los que directa o indirectamente influyen en las decisiones estratégicas, como, en particular, los mandatarios del capital financiero. En consonancia o en articulación con esos grupos, están los bancos, fondos y otras instituciones financieras, con sus respectivas cúpulas dirigentes. Y en respaldo e integración con las dos precedentes esferas, se encuentran las industrias de la prensa y las comunicaciones, y la recreativa y sus sustentos telemáticos, que dominan hoy los sistemas de control y manipulación de las mentes. Las oficinas de asesoramiento estratégico, que actúan en las esferas del derecho, el fisco y las finanzas, y los grupos de presión funcionales y estructurados, constituyen otras tantas agrupaciones estrechamente entrelazadas con las primeras.
Paralelamente con el mundo de los negocios, está la esfera del gobierno, con sus diferentes ramificaciones nacionales e internacionales. En esta esfera sólo ciertas posiciones dan acceso al poder y a remuneraciones virtualmente altas, a través de los puentes que se han tendido entre los altos cargos públicos y los puestos de mando del sector privado. El acceso a dichos cargos es severamente filtrado y sus funciones están estrechamente vinculadas al funcionamiento del capitalismo mundializado. Dichos cargos se localizan en las instituciones públicas más involucradas en el proceso de globalización, en particular, los ministerios de Finanzas y los Bancos Centrales, a escala nacional, y las instituciones de Bretton Woods y la recién creada Organización Mundial del Comercio, en la esfera internacional.
Finalmente, en simbiosis con los dos últimos conglomerados, están las funciones de intermediación entre los nuevos dueños del poder y la población en general. Esas funciones son hoy asumidas por la esfera política: dirigentes y mandatarios que, cada día más, desempeñan un papel de intermediación entre las exigencias del orden neoliberal y las reivindicaciones sociales, entre los intereses de la nueva oligarquía y los de las otras capas sociales, perdiendo, por lo tanto, su función de expresión organizada de las aspiraciones colectivas y de catalizadores de los compromisos sociales.
Al mismo tiempo, y con un protagonismo probablemente superior al de la esfera política, está el mundo de los medios masivos de difusión, constituido por los periodistas estrellas, los promotores de espectáculos y otros actores del universo de las diversiones, quienes cumplen a través de la televisión y de otros soportes, funciones de intermediación de carácter anestésico mediante la manipulación de la opinión pública y el control de los espíritus, a lo cual contribuyen diariamente.
Sería superfluo señalar que al poder al que acceden los beneficiarios del nuevo orden planetario, se añaden niveles elevadísimos de recursos, no solamente en términos de remuneraciones declaradas, sino también en cuanto a ventajas en especie, que se materializan en propiedades, yates y otras gratificaciones, y que contribuyen a la ampliación de la brecha social en proporciones ya alarmantes. Todo ello redunda en un aumento de la corrupción generalizada, como lo ilustra, desde hace algunos años, la multiplicación de los escándalos por malversación o abuso de bienes sociales en la mayoría de los países del mundo occidental.
El nuevo orden planetario sería políticamente insostenible para la oligarquía al mando, si no tuviese hoy los instrumentos que le permiten asentar su poder. Estos son, esencialmente, de tres tipos: el control de la información, el control de las sociedades y el control de los conflictos civiles.
Si bien es cierto, por un lado, que el desarrollo acelerado de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación han permitido un crecimiento exponencial de la información, y virtualmente del conocimiento, no se puede afirmar, sin embargo, como lo propagan ciertas corrientes, que se ha revolucionado el acceso a la información y hasta democratizado el uso que de ella se hace. Si en teoría la telemática ofrece perspectivas ilimitadas de acceso a la información, la realidad es --desde el punto de vista social y político-- muy diferente.
De hecho, sólo acceden a las redes de información --y a la red global que constituye Internet-- los países con infraestructuras de telecomunicaciones desarrolladas, lo que de entrada excluye a la inmensa mayoría de los países subdesarrollados. En el seno mismo de los países industrializados, sólo una fracción reducida de la población tiene por ahora acceso a dichas redes. Suponiendo que se produzca un amplio desarrollo de las nuevas herramientas telemáticas, nada garantiza que la densificación de los sistemas informáticos y de comunicaciones redunde en un mejor acceso de la población a la información. De hecho, lo importante en la información no es su abundancia, sino su relevancia y su criticidad, lo que ningún sistema podrá garantizar nunca. La información relevante y crítica no sale de los bien resguardados círculos del poder. Aunque éstos fuesen penetrados, sería aún necesario saber interpretar la información, lo que implica, necesariamente, formar parte de aquellos círculos habituados a manejarla.
Finalmente, si Marx hubiera analizado la estratificación social del mundo a finales de este siglo probablemente hubiera identificado el control de la información como el instrumento de la dominación. El capital, que constituyó por muchos siglos la base del poder de una burguesía ahora en vías de desaparición, quedó diluido en una nebulosa de formaciones jurídico-financieras, en las que ya no se puede relacionar capital con propiedad, ni identificar la propiedad de los medios de producción con su manejo y control, trátese de grupos productivos, comerciales o financieros, vinculados por una multitud de participaciones y de acuerdos estratégicos, operando cada vez más a escala global. Para todas estas entidades, la variable clave es la información. Ocurre de igual forma en los aparatos estatales y en los organismos internacionales, en los cuales la producción, el acceso, el manejo y la interpretación de la información, forman parte de las herramientas del poder, particularmente en aquellos sectores donde dicha información reviste dimensiones estratégicas.
La faceta opuesta de la información es su proyección y su manipulación, tanto bajo la forma de mensajes como bajo el manto de las imágenes. De hecho, el control de la opinión pública y de los individuos se ejerce hoy a través de dispositivos mediáticos cuya sofisticación y cobertura no dejan de crecer. Son incorporadas las tecnologías más avanzadas en la esfera de la informática y de las telecomunicaciones y se preparan ya la fusión en gran escala del teléfono con la computadora y el televisor. Paralelamente, las industrias de la información y de la distracción, controladas por inmensos grupos mayoritariamente norteamericanos, promueven el individualismo y el consumismo, que contribuyen a consolidar el poder de las transnacionales y el de la nueva oligarquía. Los valores y los comportamientos propagados hoy por la prensa, la televisión, las producciones cinematográficas, los grandes espectáculos y los multimedia reflejan de forma creciente los objetivos y la ideología de la nueva oligarquía, en un proceso que se agrava en la misma medida en que se expande la fusión-concentración de los grandes grupos mediáticos.
Al control de las mentes se añaden las herramientas de la represión y de la fuerza instrumentada, heredadas del Estado tradicional, a las cuales se va agregando la sofisticación tecnológica y lo que se pudiera calificar como ciencias del control social. Las llamadas prerogativas regaliennes (término francés en la historia del derecho que calificaba aquellas prerrogativas básicas del Estado monárquico) siguen presentes en las áreas de la policía, de la justicia y de la defensa, hasta con los mismos símbolos y la parafernalia que las caracterizaban en el pasado, y es probablemente en esta esfera que las funciones del Estado sean todavía las menos afectadas. No obstante, también, en esta área, las funciones del Estado son desafiadas, cada día más, tanto por organizaciones criminales o competidoras --como las mafias, las redes de traficantes o grupos armados con objetivos antagónicos--, como por el propio proceso de privatización promovido por el neoliberalismo, que redunda hoy en la constitución de milicias privadas, ejércitos mercenarios y hasta prisiones privadas.
El Estado, desafiado en sus funciones históricas más básicas -- las de asegurar el orden, aplicar las leyes y defender el territorio--, sigue asumiendo en esta área su papel básico, pero adaptándolo a las exigencias del nuevo orden mundial, a los objetivos de la oligarquía emergente y a las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías. Desde esta perspectiva, el control de la sociedad y de las revueltas sociales --individuales y colectivas�ya no se ejerce a través de la simple represión, sino de mecanismos sofisticados que van desde la identificación genética hasta el procesamiento informático de la vida privada y el control de las personas mediante sistemas electrónicos, a pesar de las resistencias ciudadanas, que todavía se manifiestan para poner coto legalmente a tales procesos.
Frente a la opresión que resulta, en varios grados y formas, de la exclusión social, del desempleo, de la miseria y otras formas de agresión económicas y sociales, los sistemas de control toleran hasta cierto punto las revueltas individuales, pero impiden las colectivas. El caso de la sociedad norteamericana es el más ilustrativo: el sistema incentiva la búsqueda de la huida individual, promueve la apología de la violencia y el darwinismo social, tolera el consumo de drogas y la proliferación de las sectas, mientras reprime a la pequeña delincuencia, encarcela a millones de individuos e impide cualquier resistencia o enfrentamiento al sistema social mediante el control combinado de la información pública y de los instrumentos de represión.
Sin embargo, los instrumentos del control social no permiten resolver los conflictos civiles que se han multiplicado como resultado de la desintegración de varios Estados, de la regresión de otros o del resurgimiento de las exigencias de autonomía en el ámbito de muchas comunidades. En esta esfera se ha impuesto de manera casi natural, la reconversión de las fuerzas armadas en instrumentos de regulación y control de los conflictos civiles, como lo ha ilustrado en los años recientes la multiplicación de las llamadas intervenciones humanitarias --sea bajo mandatos multilaterales, sea de forma unilateral-- y de las intervenciones de carácter cuasi policial, en condiciones muchas veces controversiales.
También le han sido asignadas a las fuerzas armadas nuevas misiones de orden para-policial en áreas como la lucha contra el narcotráfico o contra el terrorismo, una orientación claramente perceptible en el caso de las fuerzas armadas norteamericanas.
Desde este punto de vista, la reorganización de muchos ejércitos nacionales y de alianzas y organizaciones militares --como la OTAN, en particular -, refleja no solamente el fin de la guerra fría y la necesidad de redefinir las misiones de las fuerzas armadas, sino también las presiones de los grupos militar-industriales para preservar sus intereses y el imperativo para las nuevas fuerzas emergentes, y en particular, para la oligarquía planetaria, de asegurar un mínimo de orden en los diferentes continentes frente a la proliferación de los conflictos étnicos y las agresiones de otra índole.
Merece señalar, a este respecto, la prepotencia absoluta de los Estados Unidos en esta esfera. Combinada con el dominio de los medios de información y comunicación --y de otros instrumentos del control social--, refleja el papel protagónico de los actores y de los intereses transnacionales con base en el sub-continente norteamericano, el cual refleja, a su vez, el liderazgo en esta esfera del núcleo norteamericano de la oligarquía planetaria, a pesar de las divergencias y de los conflictos de intereses que pudieran existir con sectores periféricos de dicha oligarquía en los planos económico, comercial y financiero.
Desafíos para las futuras generaciones
El tercer milenio será, sin duda, un período de enormes desafíos para las generaciones futuras. Los desequilibrios que han ido conformándose a lo largo de este siglo alcanzarán, según toda probabilidad, sus puntos culminantes en el siglo XXI, como fue pronosticado en el estudio realizado por el MIT para el Club de Roma y ha sido anunciado por los disturbios y las calamidades que ya azotan al planeta. El crecimiento exponencial de la población, y su envejecimiento ya previsible, plantean problemas considerables tanto para la satisfacción de sus necesidades básicas como para la preservación del medio ambiente. Las perturbaciones que van afectando el medio natural, como el cambio climático, la destrucción de la capa de ozono y la desertificación, ya provocan desastres naturales, violentos o silenciosos, en varias áreas del planeta. El agotamiento progresivo de los recursos naturales --incluyendo los más vitales, como el agua--, ya enfrenta a la humanidad con el desafío de su propia supervivencia. Mientras tanto, la miseria y la exclusión se propagan en todos los continentes, y la brecha social no cesa de ampliarse, con la concentración creciente de la riqueza en las manos de unos pocos y la expulsión de la clase media hacia los grupos marginados. En cuanto a la tecnología, de la cual se esperaban milagros, contribuye, por el contrario, a la marginalización de la gran mayoría de la humanidad y a la concentración de los ingresos y del poder en favor de una minoría de privilegiados.
Si el futuro de la humanidad depende básicamente de la sustentabilidad de su proceso de desarrollo y de su relación con el medio natural, su supervivencia exige, no obstante, respuestas adecuadas a los problemas sistémicos a los cuales se enfrenta. Todo ello representa un inmenso desafío a la gobernabilidad a escala global, en el preciso momento en el cual el Estado declina, dejando un gran vacío, tanto como marco organizado de la vida en sociedad como de proyección y soporte de las aspiraciones individuales y colectivas. Analizado bajo sus tres principales componentes, el problema de la gobernabilidad plantea los temas de la regulación global, del derecho a la identidad y a la participación ciudadana.
Ninguno de los desafíos globales a los que se enfrenta hoy la humanidad tiene soluciones simples y aisladas. Las razones son de dos órdenes: en primer lugar, porque se trata de problemas sistémicos y, en segundo lugar, porque son todos transfronterizos.
En años recientes, muchos autores han insistido en lo vanidoso de querer entender e, incluso, resolver los problemas a los cuales la humanidad debe dar respuesta con análisis de causalidades directas y con recetas lineales. Se habla mucho de pluri-disciplinaridad, enfoques holísticos y análisis sistémicos, pero muy pocos los practican. En el mundo real, la inmensa mayoría de quienes toman decisiones políticas aplican soluciones directas en las propias esferas de su campo de entendimiento y de actuación, sin tener en cuenta las múltiples interacciones y retroacciones que puedan existir entre un problema y su solución.
A este obstáculo se añade un segundo: la imposibilidad de resolver cualquiera de los referidos problemas a escala nacional, trátese del SIDA, el narcotráfico, la contaminación ambiental, las migraciones, la especulación monetaria o cualquier otro fenómeno con dimensiones globales. Sin embargo, la comunidad internacional ha venido buscando respuestas en la última década, con las recomendaciones surgidas de grandes conferencias internacionales y la adopción de convenciones marco en áreas como las medioambientales, del desarrollo social o de la alimentación, entre otras. Estos eventos han confiado a las Naciones Unidas y a su sistema de organizaciones el mandato de implementarlas, pero con muy pocos recursos y sin la autoridad que pudiera transformar aquellas intenciones en normas y programas que se impongan a todos.
En la esfera de la economía y de las finanzas, la situación es todavía peor. Poco o nada se ha hecho para controlar el proceso de relocalización del capital productivo a escala del planeta, para controlar la circulación del capital financiero y la especulación monetaria, para definir normas y reglas que civilicen el uso del capital humano, y para que se implementen políticas que apunten hacia un crecimiento menos depredatorio, un menor derroche de los recursos naturales y la promoción de la persona humana como sujeto activo de toda sociedad.
Los esfuerzos de las instituciones financieras internacionales y de los foros de coordinación de las políticas económicas y financieras, por el contrario, sólo han apoyado y amplificado las políticas neoliberales surgidas en los años ochenta, con su secuela de desreglamentaciones, privatizaciones, recortes sociales y de plantillas, acelerando así el desmantelamiento del Estado y dejando al mundo abierto a la expansión depredatoria de las grandes transnacionales. Ha llegado, por lo tanto, el momento en que la reconstrucción del Estado a escala global, es decir, mundial, se impone como una necesidad vital.
Reconstruir el Estado a escala global, pensar implícitamente en un gobierno mundial, no deja de ser un gigantesco desafío. En primer lugar, porque tal reto plantea problemas de estructuración y de funcionamiento que en sí mismos --y en tal escala-- son considerables. Pero también, antes que todo, porque dicho reto plantea un problema de legitimidad, que precede a toda construcción jurídica. Como ya hemos recordado, el surgimiento del Estado-nación fue fruto de un largo proceso histórico, y sólo ganó legitimidad cuando los propios ciudadanos se reconocieron en él, a pesar de las luchas internas y de los conflictos sociales que sacudieron y acompañaron su formación. En el contexto de la crisis en que hoy vive el planeta, sólo se puede imaginar un grado similar de legitimidad frente a un gran peligro para la humanidad y frente a amenazas que llevarían a la mayoría de los ciudadanos del planeta a pensar, o esperar, una forma de organización del mundo que garantice la seguridad y la justicia para todos.
Este momento no ha llegado todavía, pero podría llegar en las primeras décadas del Tercer Milenio ante la inminencia del peligro. Y si ese fuera el caso, es muy probable que tal Estado sea confederado, debido no solamente al hecho de que la humanidad está todavía muy lejos de la homogeneidad que supondría un Estado unitario de tipo no autoritario, sino también, porque la reivindicación de la identidad propia se impone hoy más que nunca a todos, como lo analizaremos más adelante.
Llegar a una confederación mundial supondría también un acto fundador o, tal vez, una sucesión de acuerdos y compromisos que llevarían a su constitución. Se puede, en este sentido, imaginar un escenario donde las organizaciones internacionales --Naciones Unidas, en particular-- pudiesen, en el contexto de una sucesión de acuerdos y de consensos, evolucionar, paulatinamente, hacia una forma más estructurada de gobierno mundial.
Quedarían, sin embargo, por precisar los campos de competencia de tal Estado confederado, los cuales habrían de incluir los llamados problemas globales --como la preservación del medio ambiente o la lucha contra la criminalidad transfronteriza, por ejemplo--, así como la prevención y la mediación de los conflictos civiles, cuestiones que ya forman parte del campo de actuación de las referidas organizaciones. A diferencia de las estructuras confederadas, no incluiría la defensa ni las relaciones internacionales, pues hasta ahora no existe evidencia de formas de vida inteligentes en el resto del universo, ni fundamentos para que tales funciones se instituyan a escala del planeta. Sin embargo, una estructura de este tipo no estaría completa si no incluyese las funciones claves del Estado-nación, tanto en sus dimensiones económicas como sociales, que hicieron de éste el promotor del desarrollo, el regulador de la actividad económica y el mediador de los conflictos sociales. Pensar y reconstruir el Estado a escala mundial y con forma confederada sería, por lo tanto, el paso necesario para regular la economía a escala global y garantizar la justicia social a nivel del planeta.
Una evolución tal debería, no obstante, respetar e integrar una de las revindicaciones más críticas del mundo contemporáneo: la del derecho a la identidad. Como lo hemos analizado, esa reivindicación deriva directamente del proceso de globalización. A medida que el Estado-nación ha venido perdiendo su papel tradicional y sus funciones socioeconómicas, y que el contrato social que respaldaba su legitimidad perdió fuerza, ha surgido el problema de la identificación del ciudadano con su propio Estado y una situación de desamparo como consecuencia de la confrontación de los individuos con el mundo globalizado. Al mismo tiempo, el individuo ha perdido sus raíces culturales y los mecanismos de solidaridad que garantizaban su seguridad.
Quedan todavía hoy, y quedarán probablemente mañana, Estados-naciones con fuerte identidad cultural y fuerte integración sociopolítica. Pero la tendencia y la norma son, sin embargo, la desintegración del Estado-nación, como la presenciamos actualmente en todos los continentes. Esta desintegración resulta tanto del cuestionamiento del contrato fundador, como del desmantelamiento de sus diversas funciones. De ella surge la inmensa aspiración de los individuos y los pueblos a reencontrar sus raíces culturales y a reconstruir los mecanismos de solidaridad que se habían delegado al propio Estado, lo cual desencadena, a su vez, procesos caóticos y muchas veces dramáticos, como lo ilustran los conflictos étnicos, religiosos o simplemente de identidad.
En otras palabras: a medida que el Estado-nación pierde su funcionalidad y su legitimidad �lo cual provoca que los problemas globales sean tratados en el ámbito mundial, en un marco institucional que todavía queda por definir--, se impone como un reto apremiante la necesidad de crear nuevamente espacios de solidaridad y de identificación intranacionales o transfronterizos. Tales espacios existen, pero fueron reprimidos en el transcurso de la formación de los Estados-naciones, dejando comunidades atrofiadas, despojadas de su identidad y de su capacidad organizativa. El resurgimiento de los conflictos que llamaríamos de identidad, resulta, por lo tanto, del renacimiento de las aspiraciones comunitarias frente a un mundo globalizado y a Estados-naciones cuestionados y despojados de gran parte de sus funciones. Este fenómeno no afecta aún a los Estados con fuerte identidad cultural, pero socava las bases de los Estados pluriétnicos y de las naciones artificiales, como lo ilustra, en gran escala, la multiplicación de los conflictos étnicos en el continente africano y los que estallaron en la desaparecida Unión Soviética y en la ex Yugoslavia.
Así pues, resulta necesario tomar en consideración la reivindicación de la identidad y reconocer el derecho a la identidad, implícito en la Carta de las Naciones Unidas, la cual reconoce el derecho de los pueblos a decidir por sí mismos. Este reconocimiento significaría la desaparición de muchos Estados tal y como se formaron en el transcurso de la historia contemporánea --en particular, los Estados artificiales heredados del colonialismo, que se superponen a las comunidades y a las culturas en el continente africano--, y el acceso a la autonomía --o al estatuto de Estado autónomo-- de todos los pueblos que aspiran a auto-gobernarse, incluyendo los pueblos indígenas.
El resultado de este proceso sería la concesión de un estatuto de Estado autónomo a todos los pueblos que lo deseen y, en fin, la transformación de cada pueblo en nación, sin consideración de tamaño, creencia o tradiciones. Consistiría, en definitiva, en eliminar la dicotomía pueblo-nación, reconociendo a cada comunidad unida por lazos culturales y tradiciones antiguas, el derecho de organizarse y de administrar de forma autónoma las funciones que no se delegarían a la confederación mundial: la educación, la cultura, los servicios sociales básicos, la seguridad de los ciudadanos y la administración de la justicia.
Quedaría una cuestión compleja por resolver: la vinculación del pueblo con su tierra --o de la comunidad autónoma con el espacio que ésta administra -- , una cuestión que tiene raíces lejanas, pero aun más complicada por los fenómenos migratorios que tienden, a escala global, a desarticular los lazos de las comunidades humanas con sus territorios. El reconocimiento del derecho a la identidad y, más aún, el derecho de cada pueblo a acceder a la autonomía, exigiría que se constituyeran nuevos Estados autónomos, con sus respectivos territorios y gobiernos. Este reconocimiento debería tener, como corolario, el principio del respeto a los derechos de las minorías, sin el cual la nueva arquitectura política y constitucional sería insostenible. La violencia a la cual asistimos hoy --tanto en ciertos Estados en vías de implosión (los de la ex�Yugoslavia), como dentro de muchos Estados receptores de inmigrantes, con el desarrollo del racismo y de la intolerancia--, ilustra la dificultad y la importancia de tal reto.
Mientras que la solución de las cuestiones globales quedaría en manos de una autoridad confederada, y mientras que se concedería a cada pueblo el derecho de constituirse en entidad autónoma -- siempre que respetara los derechos de las minorías -- sería también necesario promover y garantizar la participación ciudadana. Analizado en términos constitucionales, el principal problema sería el de asegurar la democracia a todos los niveles de gobierno y de administración, garantizando a cada ciudadano una participación efectiva en las decisiones políticas. El reto en esta esfera no sería tanto el de inventar nuevas formas de democracia, sino garantizar una armonía entre las aspiraciones globales y las de la comunidad, asegurar modos de participación efectiva en la vida política y proteger los derechos de las minorías, todo ello a niveles y a una escala sin precedentes en la historia de la humanidad.
Garantizar la satisfacción de las aspiraciones colectivas, a escala planetaria, requeriría, en primer lugar, un consenso sobre los principios a partir de los cuales se formularían las leyes y se designarían los responsables políticos. En un mundo donde ciertos pueblos representan una fracción considerable de la humanidad, y otros una ínfima minoría, no sería aceptable que la adopción de las leyes o la designación de los dirigentes se hiciera siguiendo el principio de la proporcionalidad (ice. número de voces o de representantes proporcional a la población de cada pueblo). Ello consagraría la supremacía de los grandes pueblos y acarrearía, de cierto modo, formas de dominación inaceptables para los pueblos minoritarios. A la inversa, el principio vigente según el cual cada Estado tiene el mismo peso en las instancias internacionales, y se concede la misma voz a grandes y a micro Estados --y hasta a Estados ficticios o folklóricos--, no es tampoco satisfactorio a escala universal, si se piensa en términos de aspiraciones globales y de equilibrio entre las expectativas de los diferentes pueblos. La solución deberá ser encontrada en un punto intermedio, mediante fórmulas de consenso, mayorías calificadas y minorías con derecho al veto que permitan, en su conjunto, la expresión de las aspiraciones de las mayorías sin oprimir a la minoría, y donde los Estados constituyentes conserven su personalidad y su función de canalización de las aspiraciones de cada pueblo.
En segundo lugar, para que el proyecto de confederación sea viable, y la asamblea de los pueblos --que lógicamente conformaría su órgano principal-- no se transforme en un cuerpo ingobernable, habría probablemente que limitar el derecho a voz deliberativa a aquellos Estados con real representatividad. Paralelamente, y con el propósito de proteger los derechos de las minorías no representadas --tanto en el ámbito confederado, como en el de cada Estado constituyente--, habría que inscribir en los textos constitucionales las garantías necesarias. Todo indica que materializar este proyecto no será fácil, y dependerá del grado de consenso al que se pueda aspirar en el transcurso de las décadas venideras.
En la esfera no institucional, sino de las fuerzas políticas, y de un entorno social que permita una expresión real de las aspiraciones individuales y colectivas, habrá sin duda que fomentar nuevos modos de participación ciudadana, sobre todo a escala global, donde la complejidad de dicha participación revestirá dimensiones no comparables a las que pudieron existir --en el otro extremo y en otra época-- para los ciudadanos de Atenas. El reto en esta esfera será de dos ordenes: constituir contrapesos a la influencia de las transnacionales y reconstruir la democracia sobre bases saneadas. Debido al peso y la influencia que han ganado las transnacionales, a la constitución en su seno y su entorno de una nueva capa dirigente y privilegiada y, finalmente, a la sofisticación cada vez mayor de las herramientas del poder, la constitución de contrapesos a escala global se impone como el camino más creíble para reconstituir espacios ciudadanos. En el mundo de hoy, el ciudadano aislado y limitado a su horizonte nacional carece de las condiciones que le permitirían evaluar las nuevas relaciones de fuerza o formular respuestas capaces de transformar dichas relaciones. Sólo una movilización colectiva y transfronteriza puede crear las condiciones para una respuesta global a cada uno de los retos que enfrenta hoy la humanidad. Sólo organizaciones globales, con agendas universales, pueden constituir contrapesos que impongan la negociación y abran el camino a soluciones alternativas.
La influencia de los Estados es cada día más limitada en lo que concierne a los asuntos globales, pues tienen que conciliar exigencias contradictorias y reflejar de manera creciente los intereses de las grandes transnacionales y de la nueva oligarquía planetaria. Las organizaciones internacionales, por su parte, reflejan las contradicciones y los conflictos de intereses de los Estados que las conforman. En ese sentido, las ofensivas lanzadas y el trabajo realizado por ciertas ONG globales --como Greenpeace, en lo que respecta a la protección del medio ambiente --, indican el camino a seguir. Actualmente se constituye una multitud de organizaciones con vocación global, aunque con diferentes niveles de peso e influencia, las cuales crean canales de expresión ciudadana en los más diversos sectores. Los movimientos y las protestas de los últimos tiempos contra las políticas neoliberales, y cuya proyección rebasa ya las fronteras--como ha sucedido frente a reuniones internacionales como las de la OMC, hasta de manera espectacular con el fracaso de la conferencia de Seattle--expresan las reacciones ciudadanas en esta área. Llama la atención, sin embargo, la debilidad del sindicalismo internacional frente al proceso de marginalización de la fuerza de trabajo, lo cual refleja el retroceso del movimiento sindical en el ámbito nacional y la precarización del trabajo que presenciamos hoy. No obstante, aparecen otros movimientos que asumen un liderazgo en el área laboral, como los que se enfrentan a los abusos a los niños y a las mujeres.
En muchas áreas se observa, pues, un proceso de reconquista del espacio ciudadano, con la formación de contrapesos a escala global. Sin embargo, dicha reconquista sería frágil e incompleta si no se reconstruyese la democracia sobre bases saneadas. En esta esfera, será necesario, sin duda, transformar la vida política para trasladarla del mundo del espectáculo y de los escándalos, al mundo del debate y de la responsabilidad. Como hemos mencionado, el mundo ha atravesado en estos últimos años un proceso de extrema mediatización de la política, transformada en producto comercial para la televisión, la prensa y las publicaciones, mientras los medios se utilizan para manipular a la opinión pública. El " monicagate", entre muchos otros casos, ilustra, claramente, esta tendencia. Paralelamente, los aparatos y los partidos políticos se han transformado, de canales de la expresión ciudadana que eran antes, en máquinas de la conquista del poder, y aún peor, en empresas proveedoras de empleos, con la profesionalización de los mandatos públicos a la que hemos llegado hoy. A la mediatización de la vida política y a la profesionalización del trabajo político se añaden la pérdida de visión y de capacidad analítica del mundo político y su creciente compromiso con el mundo de los negocios.
El desplome del socialismo real y la ofensiva del neoliberalismo han traído como consecuencia una crisis de las ideologías que ha incidido en toda la vida política. La incapacidad del propio mundo político para descifrar la nueva realidad, y, en particular, para identificar los retos fundamentales del mundo de mañana, ha imposibilitado hasta la fecha cualquier formulación de proyectos alternativos que no sean los de la gestión día a día de la crisis económica y financiera.
Pero, más grave que todo es la convivencia y la ósmosis creciente entre el mundo político, la alta administración y el mundo de los negocios, que han creado el humus en el cual se han multiplicado las malversaciones, la corrupción, el abuso de mandatos públicos y el de bienes sociales. La proliferación de los escándalos y de los enjuiciamientos judiciales en las referidas áreas ilustra abundantemente esta tendencia. Todo esto ha redundado en una desafección creciente del ciudadano hacia la política, que va del simple desinterés al disgusto, provocando su alejamiento de la vida política y el creciente abstencionismo en las elecciones, y reforzando la tendencia a la profesionalización y la corrupción del mundo político. Es, por lo tanto, vital, sanear la vida política, comenzando por la reanimación de la reflexión política y de la participación ciudadana, procesos ambos que sólo pueden darse en un marco global, en el cual el ciudadano y el Estado se habrán reconciliado con el propósito de enfrentar los desafíos del Tercer Milenio y de construir un mundo mejor.
de la UNESCO ninguna toma de posición respecto al estatuto jurídico de los países, ciudades, territorios o zonas, o de sus autoridades, ni respecto a sus fronteras o límites.